La chica travesti, como se define, ofrece shows representando los clips de Madonna, con coreografía y vestuario incluidos. En el mes en que la diva, ícono de la cultura gay, cumple 50 años, la bailarina cuenta cómo y por qué la imita.

María Laura es la Madonna cordobesa. La chica travesti, relacionista pública de Zen, ha llevado a niveles insospechados su fanatismo por la diva, como el de representar sus clips con una obsesión inaudita por el detalle. Hace dos años, usó la discoteca en la que trabaja para recrear el clip de Hung Up, el hit de Confessions On A Dance Floor. Por entonces, se la vio embutida en un mallot rosa, y con las mismas gafas y corte “ochentoso” que Madonna usó en la realización original. Hay que decirlo, la ilusión fue sorprendente.
Por estos días, en los que Madonna camina mansamente hacia los 50, María Laura prepara la representación de los clips 4 Minutes y Give It 2 Me, ambos de Hard Candy, último disco de “la reina” (así llama María Laura a Louise Veronica Ciccone). “Es toda una ‘industria’ mi trabajo. Cuando hago este tipo de espectáculos, cobro y la gente que me acompaña, también. Como nos movemos en ambientes de gimnasios y estudios, conseguimos profesionales. No hay margen de improvisación. Una va armando una producción seria, porque no se trata de subir con el vestido de La isla bonita y punto. Soy rigurosa. Tanto, como Madonna debe serlo con sus cosas”, dice.
María Laura sigue a Madonna desde su adolescencia (hoy acusa 34 años), cuando admitir el gusto por “la chica material” era un tabú. “En una época, decir ‘me gusta Madonna’ era como decir hoy ‘me gusta Banda XXI’. Más para un varón. A mis amigos en el cole les gustaba Soda Stereo; para ellos, Madonna era cosa de maricones. Pero ella supo trascender eso de ser ícono gay o sadomaso. Se reinventó y hoy es más retro disco, apta para todo el mundo. Hasta los dee jays, que en su momento la ignoraban, hoy buscan remixarla”, revisa.
–¿Cómo fue que empezaste a representarla?
–Hace tiempo me probé como cantante y me salió Frosen, de Ray Of Light. Aluciné. Sobre todo porque se trata de un disco en el que su música cambia, se vuelve más espiritual. Esa interpretación me tocó una fibra íntima, no sé.
María Laura dice que sus representaciones son requeridas por empresas para eventos especiales, que hace años que “está choreando” con ellas y que hasta cumplió la fantasía de girar por las provincias. En su escala, en la que no resigna caprichos como tener un séquito de editores audiovisuales, escenógrafos y vestuaristas a su servicio, es una estrella.
–¿Qué le admirás a Madonna? ¿Su tenacidad, su capacidad para dar en la tecla?
–Cuando llegás a semejante poder adquisitivo, seguro que tenés un gran equipo a tu disposición. Te limitás a ser la imagen de un producto. Ella debe tener ideas permanentemente, pero alguien de su equipo las debe interpretar para trasladarlas al estudio o al escenario. Le admiro que nunca se relaja. Los grandes como ella, no se permiten eso. Si desde mi pequeño lugarcito, elijo ir para adelante todo el tiempo, estimularme para lograr cosas, me imagino que en el mundo Madonna eso debe ser tremendo. El mundo le demanda perfección. Y por atender esa demanda, es la número uno. Su performance, su música. Todo es inspirador y vanguardista.
Para la puesta de 4 Minutes, María Laura busca a su Justin Timberlake. “No es fácil encontrar un divino así. Es que no sólo tiene que ser parecido sino tener mucho acting”, despacha con la retórica de jurado de Bailando para un sueño. Otro tema. En sus últimos tiempos, Madonna se debatió entre la literatura infantil y la lectura del cábala, una de las principales corrientes de la mística judía. En fin, robustecimiento espiritual en medio de un show bizz donde todo es puro materialismo. “Yo soy más terrenal”, toma distancia.
“Es la historia de cada una. Yo estoy en la búsqueda de crecimiento como artista. No me queda tiempo para leer el cábala. Son distintas vidas, ella ya está realizada. En mi caso, busco crecer yo, carne y hueso, antes que mi espíritu. Sí comparto su obsesión por estar bien. Cuidarse y comer sano. Me parece genial, aunque yo me tomo mis vinitos”, agrega.
–¿Cuánto pagarías para verla? Dicen que, en diciembre, la entrada más cara costará $ 1.000.
–No importa. Voy a ir al Gold Vip, aunque no pagaré yo. Lo hará Zen; saldrá del bolsillo de mis jefes. Me parece perfecto como inversión. ¿O no?

María Laura es la Madonna cordobesa. La chica travesti, relacionista pública de Zen, ha llevado a niveles insospechados su fanatismo por la diva, como el de representar sus clips con una obsesión inaudita por el detalle. Hace dos años, usó la discoteca en la que trabaja para recrear el clip de Hung Up, el hit de Confessions On A Dance Floor. Por entonces, se la vio embutida en un mallot rosa, y con las mismas gafas y corte “ochentoso” que Madonna usó en la realización original. Hay que decirlo, la ilusión fue sorprendente.
Por estos días, en los que Madonna camina mansamente hacia los 50, María Laura prepara la representación de los clips 4 Minutes y Give It 2 Me, ambos de Hard Candy, último disco de “la reina” (así llama María Laura a Louise Veronica Ciccone). “Es toda una ‘industria’ mi trabajo. Cuando hago este tipo de espectáculos, cobro y la gente que me acompaña, también. Como nos movemos en ambientes de gimnasios y estudios, conseguimos profesionales. No hay margen de improvisación. Una va armando una producción seria, porque no se trata de subir con el vestido de La isla bonita y punto. Soy rigurosa. Tanto, como Madonna debe serlo con sus cosas”, dice.
María Laura sigue a Madonna desde su adolescencia (hoy acusa 34 años), cuando admitir el gusto por “la chica material” era un tabú. “En una época, decir ‘me gusta Madonna’ era como decir hoy ‘me gusta Banda XXI’. Más para un varón. A mis amigos en el cole les gustaba Soda Stereo; para ellos, Madonna era cosa de maricones. Pero ella supo trascender eso de ser ícono gay o sadomaso. Se reinventó y hoy es más retro disco, apta para todo el mundo. Hasta los dee jays, que en su momento la ignoraban, hoy buscan remixarla”, revisa.
–¿Cómo fue que empezaste a representarla?
–Hace tiempo me probé como cantante y me salió Frosen, de Ray Of Light. Aluciné. Sobre todo porque se trata de un disco en el que su música cambia, se vuelve más espiritual. Esa interpretación me tocó una fibra íntima, no sé.
María Laura dice que sus representaciones son requeridas por empresas para eventos especiales, que hace años que “está choreando” con ellas y que hasta cumplió la fantasía de girar por las provincias. En su escala, en la que no resigna caprichos como tener un séquito de editores audiovisuales, escenógrafos y vestuaristas a su servicio, es una estrella.
–¿Qué le admirás a Madonna? ¿Su tenacidad, su capacidad para dar en la tecla?
–Cuando llegás a semejante poder adquisitivo, seguro que tenés un gran equipo a tu disposición. Te limitás a ser la imagen de un producto. Ella debe tener ideas permanentemente, pero alguien de su equipo las debe interpretar para trasladarlas al estudio o al escenario. Le admiro que nunca se relaja. Los grandes como ella, no se permiten eso. Si desde mi pequeño lugarcito, elijo ir para adelante todo el tiempo, estimularme para lograr cosas, me imagino que en el mundo Madonna eso debe ser tremendo. El mundo le demanda perfección. Y por atender esa demanda, es la número uno. Su performance, su música. Todo es inspirador y vanguardista.
Para la puesta de 4 Minutes, María Laura busca a su Justin Timberlake. “No es fácil encontrar un divino así. Es que no sólo tiene que ser parecido sino tener mucho acting”, despacha con la retórica de jurado de Bailando para un sueño. Otro tema. En sus últimos tiempos, Madonna se debatió entre la literatura infantil y la lectura del cábala, una de las principales corrientes de la mística judía. En fin, robustecimiento espiritual en medio de un show bizz donde todo es puro materialismo. “Yo soy más terrenal”, toma distancia.
“Es la historia de cada una. Yo estoy en la búsqueda de crecimiento como artista. No me queda tiempo para leer el cábala. Son distintas vidas, ella ya está realizada. En mi caso, busco crecer yo, carne y hueso, antes que mi espíritu. Sí comparto su obsesión por estar bien. Cuidarse y comer sano. Me parece genial, aunque yo me tomo mis vinitos”, agrega.
–¿Cuánto pagarías para verla? Dicen que, en diciembre, la entrada más cara costará $ 1.000.
–No importa. Voy a ir al Gold Vip, aunque no pagaré yo. Lo hará Zen; saldrá del bolsillo de mis jefes. Me parece perfecto como inversión. ¿O no?










