El colmo es que existe dentro de nosotros mismos como individuos homoeróticos y como colectivo una especie de doble sabotaje: el que nos imponemos y el que fabricamos contra otros homosexuales.

¿Por qué nos tienen miedo?
Además de la vergüenza que muchos gays sienten por ser supuestamente distintos a los demás –y que bien sabemos es una mentira que desgraciadamente hasta nosotros nos creemos–, el pánico homosexual es otra causa por la que un importante número de personas prefieren vivir dentro del closet su real identidad erótica y afectiva.
Existen dos tipos de pánico homosexual: el que tienen los demás y el que nos tenemos nosotros mismos, pues nos ven y nos percibimos casi como monstruos y claro, no somos unos angelitos, pero mucho menos fenómenos monstruosos o diablos.
Hay tres formas en que los demás nos ven e indefectiblemente son causa de homofobia:
El primero es una perturbación psiquiátrica que padecen algunas personas y que les provoca miedo al aparente acoso de alguien de su mismo sexo, sea homosexual o heterosexual. Y aunque es imaginario, esa persona realmente la llega a pasar mal pues sufre de ansiedad y alucinaciones que pueden derivar en agresiones. En este caso, el afectado por el pánico homosexual siente desconfianza a gays, lesbianas y hasta a bugas, pues en su fuero interno están inseguros de su propia identidad sexual.
El pánico que sienten es su mecanismo de defensa mediante el cual rechazan cualquier posibilidad accidental que pudiera enfrentarlos con su propia realidad, con su alter ego: ellos podrían ser homosexuales no asumidos por el susto que les provoca los comentarios adversos de la sociedad hacia la homosexualidad.
De acuerdo a estudiosos del comportamiento humano, esta clase de pánico homosexual se presenta en forma temporal y requiere de terapia para salir de ella.
Un segundo caso es aquel pánico hacia los homosexuales provocado por prejuicios, fanatismos e ignorancia y que se ve agravado por una necesidad férrea del individuo de reafirmar su virilidad de la que no está muy seguro y por eso la siente amenazada por la presencia de algún gay o lesbiana.
Un hombre supone que está en peligro su integridad masculina porque así se lo han hecho creer y su ignorancia, no le permite ver otra cosa. Nada más lejos de la realidad, ya que en el fondo el problema no es el individuo “sospechoso” sino el que sospecha del otro porque su propia inseguridad e indefinición sexual le hacen sentir que está en peligro de ser seducido, por eso como en el primer caso, rechaza cualquier acercamiento con otro hombre para no poner en riesgo su masculinidad.
Lo que pudiera no querer aceptar es que algo les late al respecto y no quieren reconocerlo por temor a los comentarios adversos y persecución hacia lo que es diferente, esa aprensión se vuelve pánico incontrolado que puede derivar en agresión.
Aquí tiene sus raíces la homofobia. El investigador Richard H. Gramzow, de la Universidad de Boston, EUA, asegura que los hombres con ego masculino frágil son los más hostiles a los homosexuales y dependiendo del contexto social en el que se desenvuelven pueden llegar a desarrollar algún grado de agresividad.
En otras palabras, mediante la hostilidad hacia los homosexuales, aquellos “bugas” no muy seguros de su orientación erótica y emocional pretenden expresar su masculinidad con diversos matices, desde aquel tipo que de plano, ofende, golpea o asesina a gays, o aquel otro que los rehuye o ignora, o aquel hipócrita que dice “me cogí a ese pinche puto”, asegurando con porte de macho que él no es homosexual.
Lamentablemente existen casos patológicos de homofobia en muchos individuos y por desgracia crece a la enésima potencia cuando se transforma en una especie de histeria colectiva, ese es el tercer tipo de pánico homosexual.
Histeria colectiva contra la cultura rosa
Luis Rojas Marcos, en el diario El País de Madrid, España, opinó hace tiempo que lo que está pasando actualmente en el llamado mundo civilizado es una manifestación de una renaciente aprensión social hacia el tema homosexual, casi un pánico colectivo.
Por eso en los Estados Unidos su presidente George W. Bush declaró su aversión a la homosexualidad y dio a conocer que no apoyaría ninguna enmienda a la legislación del país para legalizar las uniones de personas del mismo sexo, postura que encuentra eco en diversas organizaciones e instituciones conservadoras, en tanto que en diversas revistas de circulación mundial se ha denunciado que atrás de esta embestida heterosexista existe un siniestro financiamiento eclesiástico.
Cabría pues la pregunta perspicaz: ¿Es casual o intencional aquellas declaraciones y publicaciones de documentos en los que se condenan las uniones gays y lésbicas y en las que se reafirma que la homosexualidad es una anormalidad inmoral?
Recordemos que primero fueron las declaraciones homofóbicas de Bush justificadas tras un parapeto de principios morales y religiosos, a raíz de que en Texas se abolió una ley que prohibía las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo.
A los pocos días se hizo público el documento de la Congregación de la Doctrina de la Fe en el que el entonces papa Juan Pablo II nuevamente condenó la homosexualidad por ser una presunta práctica que se contrapone a la ley moral natural y exhorta a los gobiernos a no legalizar ese tipo de uniones supuestamente pervertidas.
Y lo que parecía una insólita pero afortunada apertura de la Iglesia Episcopaliana de Estados Unidos –sin duda el país de los más grandes contrastes y contradicciones– tras su decisión de consagrar al primer obispo abiertamente homosexual, Gene Robinson, y su aceptación en algunas parroquias a bendecir a parejas del mismo sexo, ahora es amenaza seria de separación de esta fe de su similar inglesa, la Anglicana, cuyos arzobispos se opusieron férreamente no sólo a que Robinson asumiera las riendas espirituales de New Hampshire, sino que de paso subraya su condena al homosexualismo.
Ni el mismo Papa romano se aguantó las ganas de meter su cuchara y le advirtió a Rowin Williams, arzobispo de Canterbury (su homólogo anglicano) que debería parar en seco el despitorre de sus arzobispos norteamericanos que en varias arquidiócesis han abierto las puertas a los homosexuales.
Crece así lo que pareciera una gran aprensión e intranquilidad en los sectores conservadores del mundo Occidental hacia los homosexuales.
¿Tan monstruosos somos en realidad que provocamos lo que se llama demonización de lo gay y lésbico? Los que saben explican que se trata de una natural reacción o fenómeno paralelo por la cada vez mayor visibilidad de la cultura rosa en todos los ámbitos del quehacer humano, porque cada vez somos más los que salimos del closet y defendemos el derecho de ser diversos y ya no pedimos –sino que exigimos– respeto, no tolerancia.
Asimismo en países importantes del orbe se han legalizado ya las uniones del mismo sexo, por consecuencia la ignorancia, los prejuicios, fanatismos, estereotipos, mitos, ideas y leyendas de la hegemonía heterosexista que desde tiempos inmemoriales imperan, se están removiendo desde sus raíces para darle paso a la tan esperada normalización social de la homosexualidad.
Y bien lo dice el periodista aludido cuando critica que los grupos conservadores que dan patadas de ahogado, mezclan a Dios para debatir contra los movimientos homosexuales, pues se provoca que el ciudadano común del mundo –no sólo los mismos gays– duden de “los amorosos brazos del cristianismo hacia todos sus hijos por igual”, además afirma Rojas Marcos, que “la homosexualidad no es una cuestión religiosa, ni tampoco moral, sino un desafío social, político, legal y, sobre todo, un reto a nuestra razón y a nuestra humanidad”.
El sabotaje
Bueno, hasta aquí podríamos decir que gays y lesbianas somos las víctimas de los casos de pánico homosexual descritos, pero siempre hay un pero... y es que no somos tan inocentes como creemos.
No, por supuesto que no. El colmo es que existe dentro de nosotros mismos como individuos homoeróticos y como colectivo una especie de doble sabotaje: el que nos imponemos y el que fabricamos contra otros homosexuales. Ciertamente sus raíces están en el pánico homosexual que sienten algunos individuos o esos muchos que forman la masa irracional prejuiciosa, pero no es excusa. Nos hemos creído a pie juntillas lo que los demás han dicho de nosotros y lo hemos asumido como verdadero, primero por apatía, segundo por cobardía, y tercero por ignorancia.
Es lógico que un joven homosexual no quiera aceptarse como tal y menos salir del closet si ve tanta oposición agresiva hacia gays y lesbianas. Nadie se quiere inmolar o ser héroe. Es una posición muy cómoda quedarse en un closet y no preocuparse por investigar si aquello que se dice en contra tiene bases reales como para aceptarla como verdad.
No preocuparse por leer la amplia gama de literatura existente a favor y en contra es una apatía terrible que provoca ignorancia. Sépanlo: la llamada literatura homoerótica no es sólo antologías de poemas y novelas fantasiosas de acostones o revistas porno con tipos de grandes pingas jariosas.
Grandes hombres del pensamiento y de la investigación científica universal han aportado bases suficientes para echar a tierra todo ese acervo de chuecuras producto de la homofobia social y eclesiástica.
Después de todo es desgastante trepanarse el cerebro con tanto cuestionamiento ¿no? Mejor nos fingimos bugas felices y le rondamos la esquina a alguna chica para evitar presiones maternas y paternas, finalmente tenemos la alternativa de ir algún fin de semana a antros de ambiente para desfogar hormonas con la seguridad que da la noche y el clandestinaje, mejor ligamos por internet para tener sexo fortuito y no entablamos compromisos de amistad y mucho menos amorosos, para qué nos unimos a alguna organización de activistas si sería espantoso que me tildarán de puto en público, mejor no tengo amigos y no me inmiscuyo en el vergonzoso joteo...

¿Por qué nos tienen miedo?
Además de la vergüenza que muchos gays sienten por ser supuestamente distintos a los demás –y que bien sabemos es una mentira que desgraciadamente hasta nosotros nos creemos–, el pánico homosexual es otra causa por la que un importante número de personas prefieren vivir dentro del closet su real identidad erótica y afectiva.
Existen dos tipos de pánico homosexual: el que tienen los demás y el que nos tenemos nosotros mismos, pues nos ven y nos percibimos casi como monstruos y claro, no somos unos angelitos, pero mucho menos fenómenos monstruosos o diablos.
Hay tres formas en que los demás nos ven e indefectiblemente son causa de homofobia:
El primero es una perturbación psiquiátrica que padecen algunas personas y que les provoca miedo al aparente acoso de alguien de su mismo sexo, sea homosexual o heterosexual. Y aunque es imaginario, esa persona realmente la llega a pasar mal pues sufre de ansiedad y alucinaciones que pueden derivar en agresiones. En este caso, el afectado por el pánico homosexual siente desconfianza a gays, lesbianas y hasta a bugas, pues en su fuero interno están inseguros de su propia identidad sexual.
El pánico que sienten es su mecanismo de defensa mediante el cual rechazan cualquier posibilidad accidental que pudiera enfrentarlos con su propia realidad, con su alter ego: ellos podrían ser homosexuales no asumidos por el susto que les provoca los comentarios adversos de la sociedad hacia la homosexualidad.
De acuerdo a estudiosos del comportamiento humano, esta clase de pánico homosexual se presenta en forma temporal y requiere de terapia para salir de ella.
Un segundo caso es aquel pánico hacia los homosexuales provocado por prejuicios, fanatismos e ignorancia y que se ve agravado por una necesidad férrea del individuo de reafirmar su virilidad de la que no está muy seguro y por eso la siente amenazada por la presencia de algún gay o lesbiana.
Un hombre supone que está en peligro su integridad masculina porque así se lo han hecho creer y su ignorancia, no le permite ver otra cosa. Nada más lejos de la realidad, ya que en el fondo el problema no es el individuo “sospechoso” sino el que sospecha del otro porque su propia inseguridad e indefinición sexual le hacen sentir que está en peligro de ser seducido, por eso como en el primer caso, rechaza cualquier acercamiento con otro hombre para no poner en riesgo su masculinidad.
Lo que pudiera no querer aceptar es que algo les late al respecto y no quieren reconocerlo por temor a los comentarios adversos y persecución hacia lo que es diferente, esa aprensión se vuelve pánico incontrolado que puede derivar en agresión.
Aquí tiene sus raíces la homofobia. El investigador Richard H. Gramzow, de la Universidad de Boston, EUA, asegura que los hombres con ego masculino frágil son los más hostiles a los homosexuales y dependiendo del contexto social en el que se desenvuelven pueden llegar a desarrollar algún grado de agresividad.
En otras palabras, mediante la hostilidad hacia los homosexuales, aquellos “bugas” no muy seguros de su orientación erótica y emocional pretenden expresar su masculinidad con diversos matices, desde aquel tipo que de plano, ofende, golpea o asesina a gays, o aquel otro que los rehuye o ignora, o aquel hipócrita que dice “me cogí a ese pinche puto”, asegurando con porte de macho que él no es homosexual.
Lamentablemente existen casos patológicos de homofobia en muchos individuos y por desgracia crece a la enésima potencia cuando se transforma en una especie de histeria colectiva, ese es el tercer tipo de pánico homosexual.
Histeria colectiva contra la cultura rosa
Luis Rojas Marcos, en el diario El País de Madrid, España, opinó hace tiempo que lo que está pasando actualmente en el llamado mundo civilizado es una manifestación de una renaciente aprensión social hacia el tema homosexual, casi un pánico colectivo.
Por eso en los Estados Unidos su presidente George W. Bush declaró su aversión a la homosexualidad y dio a conocer que no apoyaría ninguna enmienda a la legislación del país para legalizar las uniones de personas del mismo sexo, postura que encuentra eco en diversas organizaciones e instituciones conservadoras, en tanto que en diversas revistas de circulación mundial se ha denunciado que atrás de esta embestida heterosexista existe un siniestro financiamiento eclesiástico.
Cabría pues la pregunta perspicaz: ¿Es casual o intencional aquellas declaraciones y publicaciones de documentos en los que se condenan las uniones gays y lésbicas y en las que se reafirma que la homosexualidad es una anormalidad inmoral?
Recordemos que primero fueron las declaraciones homofóbicas de Bush justificadas tras un parapeto de principios morales y religiosos, a raíz de que en Texas se abolió una ley que prohibía las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo.
A los pocos días se hizo público el documento de la Congregación de la Doctrina de la Fe en el que el entonces papa Juan Pablo II nuevamente condenó la homosexualidad por ser una presunta práctica que se contrapone a la ley moral natural y exhorta a los gobiernos a no legalizar ese tipo de uniones supuestamente pervertidas.
Y lo que parecía una insólita pero afortunada apertura de la Iglesia Episcopaliana de Estados Unidos –sin duda el país de los más grandes contrastes y contradicciones– tras su decisión de consagrar al primer obispo abiertamente homosexual, Gene Robinson, y su aceptación en algunas parroquias a bendecir a parejas del mismo sexo, ahora es amenaza seria de separación de esta fe de su similar inglesa, la Anglicana, cuyos arzobispos se opusieron férreamente no sólo a que Robinson asumiera las riendas espirituales de New Hampshire, sino que de paso subraya su condena al homosexualismo.
Ni el mismo Papa romano se aguantó las ganas de meter su cuchara y le advirtió a Rowin Williams, arzobispo de Canterbury (su homólogo anglicano) que debería parar en seco el despitorre de sus arzobispos norteamericanos que en varias arquidiócesis han abierto las puertas a los homosexuales.
Crece así lo que pareciera una gran aprensión e intranquilidad en los sectores conservadores del mundo Occidental hacia los homosexuales.
¿Tan monstruosos somos en realidad que provocamos lo que se llama demonización de lo gay y lésbico? Los que saben explican que se trata de una natural reacción o fenómeno paralelo por la cada vez mayor visibilidad de la cultura rosa en todos los ámbitos del quehacer humano, porque cada vez somos más los que salimos del closet y defendemos el derecho de ser diversos y ya no pedimos –sino que exigimos– respeto, no tolerancia.
Asimismo en países importantes del orbe se han legalizado ya las uniones del mismo sexo, por consecuencia la ignorancia, los prejuicios, fanatismos, estereotipos, mitos, ideas y leyendas de la hegemonía heterosexista que desde tiempos inmemoriales imperan, se están removiendo desde sus raíces para darle paso a la tan esperada normalización social de la homosexualidad.
Y bien lo dice el periodista aludido cuando critica que los grupos conservadores que dan patadas de ahogado, mezclan a Dios para debatir contra los movimientos homosexuales, pues se provoca que el ciudadano común del mundo –no sólo los mismos gays– duden de “los amorosos brazos del cristianismo hacia todos sus hijos por igual”, además afirma Rojas Marcos, que “la homosexualidad no es una cuestión religiosa, ni tampoco moral, sino un desafío social, político, legal y, sobre todo, un reto a nuestra razón y a nuestra humanidad”.
El sabotaje
Bueno, hasta aquí podríamos decir que gays y lesbianas somos las víctimas de los casos de pánico homosexual descritos, pero siempre hay un pero... y es que no somos tan inocentes como creemos.
No, por supuesto que no. El colmo es que existe dentro de nosotros mismos como individuos homoeróticos y como colectivo una especie de doble sabotaje: el que nos imponemos y el que fabricamos contra otros homosexuales. Ciertamente sus raíces están en el pánico homosexual que sienten algunos individuos o esos muchos que forman la masa irracional prejuiciosa, pero no es excusa. Nos hemos creído a pie juntillas lo que los demás han dicho de nosotros y lo hemos asumido como verdadero, primero por apatía, segundo por cobardía, y tercero por ignorancia.
Es lógico que un joven homosexual no quiera aceptarse como tal y menos salir del closet si ve tanta oposición agresiva hacia gays y lesbianas. Nadie se quiere inmolar o ser héroe. Es una posición muy cómoda quedarse en un closet y no preocuparse por investigar si aquello que se dice en contra tiene bases reales como para aceptarla como verdad.
No preocuparse por leer la amplia gama de literatura existente a favor y en contra es una apatía terrible que provoca ignorancia. Sépanlo: la llamada literatura homoerótica no es sólo antologías de poemas y novelas fantasiosas de acostones o revistas porno con tipos de grandes pingas jariosas.
Grandes hombres del pensamiento y de la investigación científica universal han aportado bases suficientes para echar a tierra todo ese acervo de chuecuras producto de la homofobia social y eclesiástica.
Después de todo es desgastante trepanarse el cerebro con tanto cuestionamiento ¿no? Mejor nos fingimos bugas felices y le rondamos la esquina a alguna chica para evitar presiones maternas y paternas, finalmente tenemos la alternativa de ir algún fin de semana a antros de ambiente para desfogar hormonas con la seguridad que da la noche y el clandestinaje, mejor ligamos por internet para tener sexo fortuito y no entablamos compromisos de amistad y mucho menos amorosos, para qué nos unimos a alguna organización de activistas si sería espantoso que me tildarán de puto en público, mejor no tengo amigos y no me inmiscuyo en el vergonzoso joteo...










