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2 de octubre de 2008

Matrimonio homosexual: una cuestión cultural

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El casamiento de Roberto Piazza dejó algo más que anécdotas jocosas. "Detrás de toda esta frivolidad, está la intención de ratificar la vigencia de las uniones legales entre personas del mismo sexo. Y también llamar la atención e impulsar la igualdad de derechos para hacer posible un paso más: el matrimonio con todas las de la ley", declaró el famoso modisto en una rueda de prensa.

En el presente siglo XXI, si bien hay muchas cosas que fueron cambiando, el tema de las uniones civiles entre personas del mismo sexo es aún un tema sin resolver. Mientras, en algunos países, ya se han aceptado las uniones civiles homosexuales, en otros, son desaprobadas por completo y siguen siendo un tema tabú.

¿Por qué es difícil aceptar la alianza entre dos personas del mismo sexo? La razón principal radica en que es una desvirtuación de la familia y de sus valores. Es decir, un matrimonio gay no condice con los valores de una familia tradicional.

Para entender mejor la problemática, es necesario partir de la definición de cultura: conjunto de todas las formas y expresiones de una sociedad determinada (costumbres, prácticas, códigos, normas y reglas de la manera de ser, vestimenta, religión, rituales, normas de comportamiento y sistemas de creencias). Además, hay que aclarar que la cultura proporciona al hombre la capacidad de reflexionar sobre sí mismo. A través de ella, discernimos los valores y efectuamos opciones. Mediante la cultura, el hombre se expresa, toma conciencia de sí mismo.

La cultura es una estructura cerrada donde el hombre se reconoce por medio de las prácticas (costumbres) que realiza. Por ejemplo: ir a la cancha un domingo e insultar al árbitro es cultural, como lo es casarse con alguien del sexo opuesto. Cuando la gente que concurre a la cancha empiece a dejar de “putear” al árbitro y le grite: “¡Qué bien que cobrás, ídolo, sos el mejor!”, estaremos en presencia de un cambio de costumbre, de valores y, por ende, de cultura.

El ejemplo del árbitro se puede comparar con las uniones civiles homosexuales que, si bien, en algunos casos, se encuentran legalmente aceptadas, son rechazadas por gran parte de la sociedad. ¿Por qué, si ya hay aceptación legal, continúan siendo rechazadas por gran parte de la sociedad? En primer lugar, como se dijo anteriormente, la aceptación o el rechazo es una cuestión cultural, pero cultural en un sentido estructural.

Según la teoría estructuralista, la mente humana clasifica todos los fenómenos del mundo en cargas semánticas que se convierten en símbolos. Desde una visión estructuralista, la unión heterosexual (hombre/mujer) en sagrado matrimonio es símbolo de una familia bien conformada. En cambio, la unión homosexual no lo es. Para el estructuralismo, aceptar una unión civil entre personas del mismo sexo sería reconocer, o dar cuenta, de un cambio en las reglas del juego. Sería, por ejemplo, aceptar la modificación de la noción de familia como símbolo de civilización.

Los estructuralistas, como Saussure, planteaban la lengua como un sistema de signos cerrado. Las estructuras siempre son cerradas, o sea, están definidas de antemano, antes de nacer, y no son propensas al cambio. La lengua es un sistema cerrado que existe antes de nacer y no permite modificación alguna. Los hombres (imperfectos) aprenden ese sistema de signos (perfecto) y luego lo utilizan. No obstante, una visión más natural postula que los hombres aprenden ese sistema cerrado de signos, propuesto por la lengua, mucho después de que efectivamente comienzan a hablar. El ser humano primero habla y luego entiende cómo se arma una oración.

La comparación entre lengua y habla sirve para ayudar a pensar que las uniones homosexuales se hallan, al igual que el habla, por fuera de la estructura culturalmente establecida. Existe, pero no es reconocida por la estructura, ya que no forma parte del sistema cerrado. Como en el caso del habla, que varía constantemente, la unión homosexual también es considerada como una práctica carente de reglas que se perpetúan en el tiempo. Según el estructuralismo, se podría afirmar que la lengua es para toda la vida, el habla no; y que el matrimonio heterosexual es para toda la vida, el homosexual no.

Entonces, la cuestión, además de ser cultural, es estructural. La configuración matrimonial tradicional (cerrada como el sistema de signos definido por Saussure) no admite modificación. No obstante, la existencia de personas del mismo sexo que quieren unirse en matrimonio demuestra que, por fuera de ese sistema cerrado que no admite modificación, subsisten otras prácticas que tratan de consolidarse.

¿Cómo se sale de esta cuestión? Hay, al menos, dos opciones. La primera, tal vez, la más conservadora, es volver a las bases y reconocer sólo las uniones matrimoniales que se celebran entre personas de diferente sexo. La segunda opción, quizá la más difícil de llevar a cabo, tiene que ver con un cambio de paradigma. Si se opta por este camino, además de legalizar las uniones homosexuales, también habrá que incluirlas en las definiciones de matrimonio. Habrá que aceptar que un matrimonio gay también condice con los valores de una familia tradicional.


Fuente: San Pablo


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