
Matías leyó la historia de Gabriel, que reflexionaba sobre los efectos de salir del clóset después de los 30 años, y pidió contar lo suyo. Quería conversar sobre la posibilidad o no de recuperar “el tiempo perdido”. Su experiencia le indica que no todas las crisis se transforman en oportunidades, que no es tan cierto esto de que los tiempos pasados son siempre experiencias que nos ayudan a mirar el presente desde otra perspectiva.
“Hay una pista de aquel tiempo que se escurre, que no la recuperás más, que aunque intentes redescubrirla o resignificarla ya no está más…al margen de la huella que haya dejado en nosotros”, dice. Luego, recién luego de esta reflexión introductoria contará que entró al seminario cuando se dio cuenta de que le gustaban los varones, que allí estuvo durante 5 años hasta que supo que no quería mentirse más. Quería empezar a ser él, más allá de la incomprensión inicial de su Iglesia y de sus padres. Hoy cree que su verdadera bendición es ser sincero y libre.
“Ser cura, el camino para escapar de mí”
por Matías
Tengo 28 años. En mi sucesión de navidades suelo decir “que no me arrepiento de nada”. Aunque a veces recordás una cosa y decís: qué distinto hubiese sido todo si allá lejos no hubiese conocido esa persona que me hizo tanto bien, o cuán diferente si hubiese seguido otra encrucijada que aquellas en las que arrojé la moneda por los aires.
Cuando mi adolescencia promediaba y con ella sumaba las notas de un estudiante que mucho “prometía”, dije que quería ser sacerdote.
Sí: quería ser cura. Dejar todo (supuestamente) para consagrar mi vida, para consagrarme por los demás al culto divino. Creo que esta frase (que escribo en cursiva) resume mucho de todo aquello que pasó entonces por mi cabeza, aunque sin que yo me diera mucha cuenta. “Consagrarme”. Hacerme sagrado. Y “por los demás”.
En mis aquellos 15 o 16 años, con esos planteos que parecían tan “rectos”, tan generosos, estaba bien en claro aquello “que quería sanar”. ¿Cómo? Evadiéndome. Escapando. ¿De quién? De mí mismo. De lo que era. De “esa parte” de mí que no quería, que desde pequeño me molestaba y que me negaba aceptar.
Todavía huelo el aroma de un café con leche bien espumoso, cuando con 7 años y a la vuelta de la escuela, en un día de lluvia veía “Jugáte conmigo” y los abdominales de un pibe joven y fachero me generaban una reacción que mucho no entendía pero que sabía me gustaba.
La enseñanza que vino después (una enseñanza sin verbalizar) me decía que “eso” no sería bueno para mí. Esa misma enseñanza a los 17 me inducía a “entregar” mi vida “al servicio de Dios y del prójimo”.
Ingresé al seminario. Medio niño, o medio hombre. Pero gay del todo. Una culpa interior, disfrazada de “recta intención”, quería seguir un ideal “alto y puro”. Estaba seguro de que entraba a un paraíso, donde me rodearía del amor sin más. Pero sin caer en la cuenta de que mi infierno no vendría de afuera, sino desde adentro mío.
Nadie me habló “del tema” cuando me decidí a ser cura. Comprendí el mensaje: “Sin hablar me decían ‘de eso no se habla’.” Mientras, todos me aplaudían: “qué hermoso que en un mundo tan perdido haya jóvenes así como vos, Matías, que quieran ser tan buenitos”.
Hoy no lo dudo. “Un lugar en ese mundo” era lo que buscaba: mi lugar en el mundo. Un lugar que aquella culpa tan “cochina” y escondida, me había quitado. No importaba que fuera un buen amigo, un buen hijo, un buen estudiante. No. Parecía que lo que importaba era esconder aquella capacidad de amar que todos tenemos. Pero que en mí era tan pero tan fea.
“Fuimos hechos para amar”, me decían-diciendo. “Pero no como querés amar vos, Matías”, me replicaban diciéndome-sin-decir.
Esa culpa había que limpiarla. ¿Cómo? “Consolando a los demás”. Y como Matías, el culpable, buscaba su propio consuelo, aceptó el trato: entre tanto consuelo y desconsuelo, algo de paz brotaría. Consuelo, desconsuelo: estaba claro, que amar (como yo quería amar) era sufrir.
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Los 5 años que estuve allí dentro, fueron más que singulares. “Pintorescos”, diría un viejo paquete. Pasé momentos lindos, otros mas o menos y otros dolorosos.
A los pocos días de ingresar, me di cuenta que con Cristian, “haríamos votos de amistad”. Pasaron los cinco años y hoy con una sonrisa me doy cuenta de lo enamorado que estuve de él. Y él de mí. Con un amor bien platónico y descarnado. Que no concretó sexo ni beso ni palabras afines, pero sí un corazón, o dos… que latieron fuerte y al instante.
Recuerdo los varios compañeros “afeminados”, que venían a ser como los “marcados” de la comunidad. “No vaya a ser que los demás se den cuenta que yo… en algo soy como él…”; “no vaya a ser que la-gente, piense que somos todos iguales”. ¡Vaya si varios lo éramos!
También recuerdo con otra sonrisa cómo “las locas” eran (…o éramos) los mas duchos, sabelotodos y detallistas para preparar las celebraciones. Una especie de dimensión escénica o teatral, en la que a “los chongos”, los pasábamos… como libélulas.
A veces, cuando cuento algo de esta experiencia que sin duda me marcó y mucho, me preguntan “si vi algo”. Vi lo que me pasaba a mí. Vi que mi escapatoria se me volvía encima y cada vez más esclavizante. Y también veía, que el verdugo de Matías, no era otro, que el propio Matías.
Un día el temor me hizo estallar. Fui y hablé con mis superiores. Les conté todo lo que me pasaba. Todo, todo, todo. Esperando que me dijeran: “Bueno, Matías, hasta acá llegamos”.
Nada que ver. Con muy buena onda, me dijeron que ellos, el tiempo, la oración, y “una buena terapia”, me ayudarían. Así comencé a salir semanalmente para visitar un psiquiatra “para corregir aquella mala inclinación”.
Hoy, con otra sonrisa (y ésta bien irónica), me parece que muy bien al psiquiatra no le fue.
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Después de unos meses, decidí irme. Sí, abandonar. De un día para el otro. Como el pollito que sale de su huevo, rompí el cascarón, y dije chau.
La fuerza fue muchísimo mayor que aquellas expectativas externas muchos te imponen, pero no se calzan para sí. Cascarones que en un adolescente, medio niño, medio hombre, pegan. Argumentadas desde un mensaje “que parece cerrar” y te hace sentir seguro. Eso sí: hasta que te chocas con alguna pared… o con un algún flaco pintón.
No reniego de mi paso por allí. Pero que algunas vivencias pretendieron legarme una huella, a veces me enoja. Y ahí recuerdo algo que dice el Evangelio de Juan: “la verdad nos hace libres”. No ser Matías, no “ser yo” era mentir. No quise ser esclavo, ni de “la mentira”, ni del falso Matías.
Matías
Fuente: Boquitas Pintadas










