
El otro día un íntimo amigo mío me confesaba, entre hipidos y llantos de desamor porque su noviazgo había terminado, que lo peor de la ruptura era que su novio le había dejado a él, que no había sido él mismo quien había tomado la decisión de romper. “Es que tenía que haber sido yo el que lo dejara”. Yo me quedé patidifuso y ojiplático porque, llámenme ingenuo, pero pensaba que lo peor de la ruptura, a tenor de cómo me estaba poniendo el hombro de lágrimas y mocos (de amor sí, pero seguían siendo mocos) tenía que ser lo mucho que echaba de menos a su novio, cuantísimo lo seguía queriendo, tener que decirle a todos sus amigos y familiares que ya no estaban juntos, vender el piso en el que vivían o no recuperar jamás de los jamases los momentos que habían compartido a la luz de la luna. Pero se ve que yo soy mema perdida y tengo un mono con platillos en lugar de cerebro. Lo más chungo de que tu relación se termine, por lo visto, es que te dejen.
Mi amigo no es el primero que me habla de eso de las rupturas como algo superimportante. De hecho, conozco a más de uno y de dos que lleva la cuenta de las veces que ha estado a un lado u a otro. “A mí me han dejado seis veces y yo he dejado cuatro”. Y no, no es que hayan tenido tantísimas relaciones, es que están contando desde tercero de EGB (es que es superimportante cuando te dejan a mitad de un curso. Qué drama). “A mí nunca me han dejado”. Jo, qué guay, qué machote, tres hurras por ti. Incluso conozco a alguien que se vanagloriaba de lo hecho polvo que se quedó su ex cuando le dio la patada en el ojete: “cuando lo dejé tuvo que ir a un psicólogo para superarlo”, me dijo una tarde tomando agua con gas; y con una sonrisa de oreja a oreja, ¿eh? No se vayan ustedes a pensar que lo estaba pasando fatal pensando en lo amargado que dejó al ex novio, qué va. El muchacho, un lumbreras, estaba encantado de que el pobre chaval se quedara hecho un cisco. Vamos, que yo creo que lo que le faltaba para terminar de hincharle la autoestima era enterarse de que había tenido lugar un intento de suicidio. “¿Has visto que huella dejo?”. Animalico.
Luego está la eterna discusión acerca de un tema tan trascendental e importante para la existencia humana como es “¿qué es más difícil, dejar o que te dejen? ¿Quién lo pasa peor? ¿Quién sufre más?”. Vamos, que yo no sé cómo el gobierno no destina más dinero a investigar cuestiones como la señalada. Ni I+D ni pollas en vinagre: un estudio que por fin descubra la verdad y nada más que la verdad sobre este asunto, ¡hombre ya! Por ejemplo, se me ocurre, podríamos poner a un lado a los que han sido abandonados por su pareja y al otro a los que han llevado a cabo la acción de dejar y en medio un sufrirónomo. O, en su defecto, cantidades industriales de gintonic. A ver quién bebe más pa’ olvidar el mal rato. Es un estudio científico.
Sobre esto, claro, hay una diferencia infame de opiniones. Hay quienes creen que es mucho peor ser dejado, porque se pasa fatal, se llora un montón y la cosa pilla de sorpresa, como de sopetón, a traición. Que estás tú ahí, tranquilamente, con las pupilas en forma de corazón haciendo un pastel para tu chico y de repente llega él y te dice “cariño, tenemos que dejarlo. Lo nuestro se acabó”. Y a ti se te queda cara de imbécil elevado a la décima potencia y piensas “qué cabrón, me lo podía haber dicho a mediodía antes de la siesta y no hubiera bajado al chino a comprar un puto molde para el pastel”. Un sufrimiento. Duele en el ego. Y es que parece como que el que va a dejar tiene la inmensa ventaja de disponer de todo el tiempo del mundo para hacerse a la idea. “Ya verás ya, tú sigue chupando que te vas a enterar de la sorpresita que te voy a dar en cuanto me limpie”. Cuánta crueldad, de verdad.
Luego están los que piensan que el que deja es el que lo pasa peor, porque menudo marrón que tiene que encarar. Como que se lo tiene que preparar y demás: hacerse un discurso, encontrar el momento adecuado, ir separando sus cosas, esconder los objetos afilados de la habitación, comprar un billete a Tumbuctú por si el otro se pone agresivo al recibir la noticia y decide volverse majarón y liarse a tiros… En fin, esas cosas tan mundanas y comunes, tan de la vida diaria que ocurren todos los días. Necesita de unos prolegómenos que son un trabajo extra, oye, que el que es dejado se limita a recibir la noticia y lo único que tiene que hacer es echarse a llorar; menudo trabajo, ¿eh? “Claro, claro, qué fácil es llorar, y yo aquí, tres meses que llevo preparándolo todo para que salga perfecto. Yo harto de currar y tú sólo tienes que llorar. Hombre, por favor, que ya está bien, ni un reconocimiento al trabajo realizado, ni una palmadita en la espalda…”. Aunque siempre puedes seguir el estilo de Ana Botella y pedirle a un voluntario que le dé el recado a tu novio por ti.
Otra cosa que hace mucho la gente es provocar que el otro te deje. Como ya hemos dicho, dejar es tope complicado, por eso lo mejor y, por supuesto, lo que recibe el Nobel a la Valentía, es hacer que la otra persona se vaya hartando progresivamente de ti hasta que decida dejarte. Esto, que lo hemos visto en muchas películas, es una cosa más común de lo que pensamos. Yo conozco a un par de ellos que como no tenían los huevos suficientes para romper, se pusieron en plan tocapelotas con sus parejas. Alguno de ellos hasta montó un teatrillo para que el novio lo pillara medio morreándose con uno y del mismo disgusto se enfadara y lo dejara.
Sin embargo esto no es nada comparado con otras cosas que hace gente digna de ser marcada con un hierro ardiendo en la nalga con una C de cabroncete, de capullo y de cobarde, como es dejar a través de formas distintas al cara a cara. Ahora, eso sí que lo digo, hay una gradación muy clara. Dejar por teléfono, por ejemplo, es en un momento determinado hasta aceptable. Está feo, pero bueno, puede atenuarse el hijoputismo por factores circunstanciales que vienen de perlas, como la distancia. “Es que como estamos tan lejos… y necesitaba decírtelo ya, cari, que tenemos que dejarlo”. “¡Pero cómo que estamos lejos, pero si estamos a dos calles!”. “Ya, pero es que son dos calles muy largas y con mucho tráfico…”.
Mucho peor es dejar por email, aunque por lo menos uno puede extenderse en dar explicaciones y, yo que sé, cortar y pegar de Internet un texto bonito que aminore el golpe. Seguro que hay webs que te dan un montón de ideas para escribir algo conmovedor, que, por descontado, no hará que tu novio sienta menos deseos de asesinarte, pero por lo menos tú aprendes poesía. Aunque, sin duda, lo más gravísimo, el colmo de los colmos, es dejar a través de un eseemeese de móvil.Es que es casi mejor dejar por paloma mensajera, fíjate lo que te digo. Y no un eseemeese de dos o tres partes, qué va, sino un mensaje escueto, triste, ojeroso que, encima, tiene abreviaturas. Seamos sinceros, a nadie le gusta que le dejen con un “Tnems q djarlo. Lo ntro no puede ser. Devuelvem lscds. Dejals en una bolsa en paplera dl parq”. Oye, que esto te coloca a una altura muy similar a la de Hitler, ¿eh? Muy mal. Pero, también tienes razón, es mucho peor dejar por what’sup, que ahí ni siquiera te gastas un duro.
En definitiva, como estos momentos son tan duros y tan dramáticos, lo mejor que podemos hacer es tener consideración con los sentimientos ajenos. Que aunque tu novio ya no te mole un pimiento, no deja de ser una persona y todo eso. Y al fin y al cabo, hasta hace cinco minutos como aquel que dice te lo estabas cepillando mientras él creía que todo iba bien. Empatía, por favor, que es gratis.
Fuente: Universo Gay










