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13 de febrero de 2012

El síndrome de la fea del instituto

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Personas que, incluso a sus treinta años, dedican todos sus esfuerzos a estar con el capitán del equipo de rugby, ese chico guapo, popular, divertido y estupendo que, en realidad, no es más que un gilipollas elevado a la quinta potencia. Pero es tan guay sentirse animadora...



Estoy muy preocupado. Resulta que me he dado cuenta de una cosa gravísima, un mal social que me tiene el alma en vilo y que no me deja pegar ojo por las noches. No, no es Intereconomía, ni Gran Hermano. Ni siquiera es Lady Gaga (que miren que me da miedo, que el otro día soñé que me ahorcaba con una morcilla de Burgos sacada de uno de sus trajes). Nada de eso. Ni siquiera sé si contarlo porque va a cambiar la visión del mundo del querido lectora de un pollaz... plumazo. De lo que me he dado cuenta es de que la vida, así en general, es como un enorme instituto americano. ¿Qué? ¿Cómo os habéis quedado? Y no solo lo digo porque hay mucho individuo con pinta de tener cuarenta años pero que actúa como mi primo de quince. Bendita edad física, por qué no irá siempre acompañada de su correspondiente edad mental...

Yo he visto muchas películas,(y ninguna en Megaupload, que quede claro) de institutos americanas. Muchísimas. A montones. En verdad, creo que sólo he visto tres, pero con este tipo de películas pasa una cosa muy curiosa y es que todas, todas, todas, son absolutamente iguales. Vamos, que yo creo que no se molestan ni en hacer otro guión, que le cambian el título, acortan o alargan según tengan que adaptar la historia a una serie, a una película o un videoclip y se quedan tan anchos. Y es que los americanos son así, nos llevan años de ventaja (cada día menos, ya que nos acercamos a ellos vertiginosamente a golpe de tijeretazo. En nada, las leyes federales nos dejan tener armas y todo, algo que es muy positivo), ellos hacen trillones de películas iguales, la creatividad es para pobres, europeos o comunistas. Total, que en estas películas americanas de instituto hay un esquema clarísimoque a poco que utilicemos el cerebro, o al menos los ojos para leer este artículo, lo recordaremos. En las pelis de instituto americanas hay tres personajes principales:

a. Kevin: el capitán del equipo de rugby. Ese tipo superguay, alto, guapo, musculoso, de culo prieto, abdominales, mentón pronunciado que, además, no tiene espinillas a pesar de ser adolescente (en realidad, aunque se junte con gente de diecisiete, él debe rondar los treinta y dos, por eso no tiene granos; el muchacho ha repetido unos cuantos cursos. Con decir que en su primer año de instituto en los mapas todavía venía la Unión Soviética...). Es el líder, un chico muy popular, el que todo el mundo desea tener en sus fiestas. Las chicas heterochachis hacen circulitos con el pie, se enrollan el pelo en el dedo índice pensando en él y suspiran mirando al techo mientras sujetan sus carpetas con las dos manos y se imaginan siendo desvirgadas por él. Los chicos mariquitusos, entre ellos muy probablemente su mejor amigo, Bryan, se matan a pajas e intentan mirarle la pilila en el vestuario, después del entrenamiento. Y es que Kevin está de muy buen ver; aunque de inteligencia anda justito. Ah, y una cosa muy importante: tiene moto, tía. Superfuerte.

b. Wendy: es la animadora por excelencia, tanto así que no se quita su uniforme con volantes rojos y blancos y una "J" bordada en el pecho ni en su momento all brandel día; vamos, si es preciso se limpia con los pompones. Suele ser una chica muy rubia, muy mona ella, con muchas tetas, tantas que cuando salta aquello parece un partido de baloncesto. Es un poco zorra, todo hay que decirlo, y tiene amigas que son calcadas pero que no llegan a su nivel de belleza de reina del baile, y que siempre van detrás de ella en pandilla. Sabe comer chupachuses y piruletas como nadie, se maquilla como una puerta, es el alma de las fiestas, perdió su virginidad en un campo de heno, ha tenido un embarazo no deseado antes de mudarse de Kansas y tiene sexo en estado etílico cada dos telediarios con el Kevin.

c. Feldespata: la chica fea. Pertenece al grupo de los pardillos, lo opuesto a lo que cualquiera desea ser. De ella hay diferentes versiones. Las más extremas la ponen con gafas de pasta y con aparatos, pero no tiene por qué. Más bien se diría de ella que es una chica normalita. No tiene tetas, no es fashion vistiendo, no es nada popular y los superguays se meten con ella cada vez que se les presenta la ocasión (es decir, todo el tiempo. La vida de los institutos da para mucho). Y a pesar de que Feldespata es muy lista, incluso asombrosamente inteligente, la favorita de los profes, la que saca las mejores notas y la única que tiene un futuro prometedor como ingeniera de la NASA, eso no le sirve de mucho a la hora de llamar la atención del Kevin que, reflejo fiel de nuestra sociedad, basa sus decisiones sobre relaciones personales en aquello de tiran más dos tetas que dos carretas. 

El transcurso de la película hasta el final (atención, ¡spoiler! ¡Spoiler! Qué bien queda eso de spoiler, qué ganas tenía de ponerlo en alguna parte y hacerme el interesante) es fácil de vaticinar: Feldespata es capaz de hacer hasta burbujas con el coño con tal de llamar la atención del Kevin y conquistarlo, aunque para ello tenga que dejarse por el camino la dignidad, los valores, los ideales, la autoestima y el rollo ese de ser fiel a uno mismo y querernos tal y como somos y nunca intentar ser quienes no somos. Bah, eso son gilipolladas que no llevan a ninguna parte, tía. Ser inteligente, tener dignidad y creer en uno mismo no sirve para encontrar marido. Lo que sirve para tener a un buen macho en tu nido de amor son tres cosas fundamentales: estar bueno, estar hiperbueno y estar más bueno todavía. Pura filosofía lo que nos ofrecían las peliculitas estas, oiga.

El caso es que es verdad. Para mucha gente, la vida después de esa etapa adolescente no cambia demasiado, aunque haga siglo y medio que no pisa un instituto. Para ellos estar con uno de esos tipos parecidos al Kevin es símbolo de estatus, de ser mejores y más guays y hacen lo que sea y aguantan lo que no está escrito con tal de estar con uno de ellos. Es más, basan su autoestima en la posibilidad de estar con uno de estos perlas. 

El otro día, sin ir más lejos, una amiga me decía:

Pues es que no puedo dejar de pensar en él. Y no me cae ni bien. Es un gilipollas integral, un imbécil, no sabe hacer la o con un canuto, ni estudia ni trabaja, se pasa el día pidiéndome dinero para sus cosas y nunca me lo devuelve, me trata fatal y, encima, cuando se corre pone la misma cara, la mismita, que si estuviera chupando un limón. Pero es que es tan guapo y me gusta tanto... 

Claro, yo también pensé: “¿mande?” y se me puso cara de Pelocho. Porque, a ver, yo necesito que me lo expliquen, que es lo que tiene este tío como para que una persona hecha y derecha y en sus cabales, una persona adulta que está sana, que trabaja, que es independiente, que tiene amigos y familia y una vida por delante llena de alegrías y placeres, pierda literalmente el culo, y de paso el tiempo, por alguien así. Vamos a ver, alma de cántaro, pero si es un cenutrio, un tontopolla, undesgraciao', un aprovechado, un sociópata, un vago y encima piensa que un polvo largo es aquel que dura entre tres y cinco minutos, ¿qué es lo que puede atraerte de él? Pues ya te lo digo yo, ¡que es un Kevin, un ejemplar megachachi de instituto, cuyo mero contacto nos transforma de pardilla en animadora! Es así. Estar con el Kevin nos hace sentir guapos, estupendos y especiales, integrantes de la superpandi popular de instituto. Mucho más si en nuestros dieciséis años reales hemos sido normalitos y pardillos y tenemos ese trauma ahí, en la cabeza, de no haber pertenecido a esa clase social de jugadores de fútbol y animadoras. De Feldespata a Wendy de un plumaz... pollazo. 

A mí todo esto me parece tristísimo, porque aquello que yo me tomaba tajantemente como una ficción, una exageración esperpéntica de la realidad, no deja de ser en muchas ocasiones, una hiriente verdad. En la peli, del mismo modo que a Feldespata su inteligencia no le sirve para gustar a Kevin, tampoco le es útil para concluir que quien más le conviene no es, precisamente, el Kevin, sino alguien que reúna otras características. Y no, no es amor ni nada que se le parezca, es una simple cuestión de elección, de empecinamiento, de complejo de inferioridad no resuelto: somos nosotros y nadie más que nosotros los que debemos decidir entre pasarnos la vida intentando llamar la atención de tipos que juegan a chulear o empezar a vislumbrar que en estos pasillos hay mucha, pero muchísima, más gente.





Fuente: Universo Gay

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