En el mail que escribe Juane a OPEN YOUR MIND!, como prólogo a su historia, cuenta que nació en un pequeño pueblo y padeció del acoso escolar por su orientación sexual (bullying). Dice que escribe su historia -“que ya no es mía sino de millones”, aclara- para “brindar lo que unx ha vivido, para que ello sirva de ejemplo y no ocurra más”. Es un acto solidario el suyo, de puro amor…pese a las desventuras que lo cruzaron desde pequeño.
El título delata una de las formas de violencia a las que se sometió por su condición sexual: como sus compañeros lo acusaban de tener “modos anormales”, voz “amanerada”, de gesticular mucho, de caminar raro, él le pidió a unas amigas confidentes suyas que le pegaran cuando lo vieran “afeminado”. Pretendía aprender a ser distinto a los golpes.

Como el retato de Juane es muy extenso propongo contárselos en dos partes. En esta primera narra sus primeros años hasta que llegada la adolescencia se presenta una mudanza ¿salvadora? a otro pueblo. Era la posibilidad de volver a empezar.
La crueldad de la vida (Primera parte)
por Juane
El comienzo de todo quizás sea alrededor de los 7 u 8 años, un día incierto de otoño. Me recuerdo con mi pequeño uniforme puesto, en la encrucijada de entender qué era esa palabra que tanto me decían mis compañeros y algunas compañeras, “puto”. ¿Qué era puto? Yo no lo sabía, sabía que estaba mal, lo cuestioné a mis autoridades, mi madre, mi padre, mi familia mayor. Me dijeron: puto es aquel al que le gustan los hombres, que yo no lo era, me dijeron, porque a mí me gustaban las chicas. Así lo creí, eran mis padres quienes lo habían dicho y no podían equivocarse, mas la duda era incesante y el acoso tan constante que no podía creerlo. “Puto” tenía que ser algo más.
Todavía me pregunto: ¿Por qué? ¿Por qué mis docentes simplemente lo dejaban pasar? (como si eso no se hubiere dicho jamás, ni siquiera cuando era frente a ellas/os). No sabía cuál era su razón para obviar ese tema. Las recuerdo bien: simplemente me miraban, se daban la vuelta y a lo sumo callaban a mis compañeros. Esa indiferencia fue la primera vez que me enfrentó al dolor del silencio. En algún lugar de mí pensé que era cuestión de tiempo, que ignorarlos los calmaría, pero me equivoqué, con los años la burla era insoportable, hasta había comenzado a volverse violencia física contra mí.
No podré olvidar nunca los empujones, incluso el día en el que en medio del recreo tuvieron la gentileza de trabar la cadena de mi bicicleta, pinchar sus ruedas y asegurarse mi ridículo pues sabían que al subir caería al suelo, y así con los autos frenando frente a mí, estupefacto sin saber cuál era la razón de la avería de mi bicicleta; terminé por notar, al levantarme, que las ruedas de mi bicicleta tenían chinches y la cadena estaba trabada con un extraño gancho de dos puntas.
Luego de ese hecho, luego de que ninguna autoridad hiciere nada para averiguar quiénes habían sido ni cuál era su móvil (hoy me atrevo a creer que lo sabían: el motivo era claro, el odio al diferente, el odio al puto, al homosexual, la discriminación por mi orientación sexual), mi madre me permitió huir: tenía 12 años o algo así cuando pude escapar de allí. Aún recuerdo el halito del fin de una guerra, la tempestad de esa violencia se terminaba. No lo entendía aún, este no era el fin: era tan sólo el inocente principio.
Nuevas aulas, viejos prejuicios
Durante un tiempo en el nuevo colegio soñaba con dificultades más simples, tenía mi delantal y mis libros nuevos, ahora empezaba a creer que era mi posibilidad de hacer amigas/os. Pensaba todo el tiempo en que la tortura anterior no me perseguía: hacía lo posible para que no se repitiera, aún estaba muy sensible la herida abierta por tanto abuso desmedido e hice todo lo que estaba a mi alcance pero no pude evitar el insulto.
La palabra “puto” volvió a mi vida, de la mano de un compañero que, como gripe, se lo transmitió al resto, que aceptó con beneplácito la noticia de tener alguien a quien hostigar. Lo recuerdo en sus ojos, el placer de perseguir a alguien. Sus risas me retrotrajeron a los recuerdos de las risas en mi antiguo lugar. Por ese entonces yo no era más fuerte, pero sí tuve otra suerte: aquí no era generalizado, aquí tenía al menos a dos personas que, sin saber ninguno muy bien por qué, terminamos siendo confidentes.
Un día, se cansaron de escucharme preguntar por qué me dicen puto. Entonces, arrojaron las respuestas de siempre: “tenés modos anormales”, de hablar con tus manos, “es tu voz”, “es que caminás raro”. Opté por la desesperada y última maniobra que se me ocurrió: les pedí a mis amigas y confidentes: “Péguenme, péguenme cuando vean eso porque, yo no me doy cuenta y ya no quiero que me jodan más con algo que no soy”. Mis amigas, hermosas pre-adolescentes no tuvieron problema, lo vieron normal; ellas también querían librarme de esa carga de insultos, empujones y amenazas de cualquier tipo hacia mí.
En ese instante no lo sabía, pero ese día puse sobre mí una nueva violencia, las manos de mis amigas, perdí de nuevo un poco más mi humanidad, todo eso en pos de entrar en ese esquema de “chico” que necesitaba. No soportaba las burlas y las persecuciones, las risas por los pasillos de gente señalando hacia mí. Pensaba que algo en mí estaba tan enfermo que necesitaba ser extirpado, devorado, abolido a golpes, no sabía entonces que ese extraño fragmento era mi autenticidad, mi puro yo.
****
En el trascurso de esa renuncia a ser yo mismx, para frenar la suma de los golpes de este colectivo enorme de seres, en primera línea mis compañeros, en segunda mis compañeras golpeándome casi con un ritmo continuo, pero no eran los moretones que se hinchaban y ponían de muchos colores, era mi persona que se iba hundiendo, otra vez el fantasma de la huida, otra vez la sensación de no tener salida, otra vez la contradicción de no ser uno mismo, por primera vez el acercamiento de una compañera muy fiel en esta nueva etapa de mi vida, la brillante idea de la finalización de las huidas, la idea del suicidio que acosaba mi vida tan fuerte como el amor que no llegaba y que podría probar la “hombría” que aún a golpes no surgía.
Una mudanza ¿salvadora?
Entonces emergió de entre todas las posibilidades un imprevisto, mi familia se mudaba de ciudad, de provincia, nos íbamos lejos, “otra oportunidad para que esto no me pase más” pensé al instante de saber la noticia de nuestra pronta mudanza, íbamos al pueblo de mis abuelos, al que no recordaba, el pueblo de mis vacaciones de la infancia, ya no tendría legisladoras que muelan mis brazos a sutiles mas incesantes golpes, ya no tendría a mi alrededor a una división entera riéndose de mis formas, ni de mi voz, ni de mí, volvía a ser persona, al menos todas esas esperanzas mezcladas volcaba sobre ese viaje, era realmente esperanzador comenzarlo todo de nuevo.
Una mudanza ¿salvadora?
Entonces emergió de entre todas las posibilidades un imprevisto, mi familia se mudaba de ciudad, de provincia, nos íbamos lejos, “otra oportunidad para que esto no me pase más” pensé al instante de saber la noticia de nuestra pronta mudanza, íbamos al pueblo de mis abuelos, al que no recordaba, el pueblo de mis vacaciones de la infancia, ya no tendría legisladoras que muelan mis brazos a sutiles mas incesantes golpes, ya no tendría a mi alrededor a una división entera riéndose de mis formas, ni de mi voz, ni de mí, volvía a ser persona, al menos todas esas esperanzas mezcladas volcaba sobre ese viaje, era realmente esperanzador comenzarlo todo de nuevo.
(Continuará en el próximo post de OPEN YOUR MIND!…)
Fuente: Boquitas Pintadas
¿Tuviste que soportar este tipo de violencia por tu homosexualidad?
Fuente: Boquitas Pintadas










