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3 de abril de 2012

Polvos a destiempo

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El puenting, la escalada, el esquí extremo, el snowboard, el airsoft, el parapente... Y luego está el deporte de riesgo más bizarro de todos: quedar con tu ex para "hablar" o devolveros las cosas y terminar acostándote con él.

Si hay algo que debemos tener claro es que el mar está lleno de peces. Piénsenlo por un instante, queridos lectoras: si lo analizamos bien el mundo está repleto de futuribles conquistas a las que asirnos loca y desesperadamente, junto a las que hacer un viaje romántico a Ámsterdam y con las que casarnos y adoptar ciento cincuenta niñas chinas (y así, de paso, cumplir el sueño marica). Bien mirado es así: en plan poético diríamos que el mundo está lleno de posibilidades. Pero no olvidemos que del mismo modo que esas ingentes cantidades de maricas pueden ser nuestros novios, también pueden ser nuestros exnovios.

El mundo está lleno de futuribles exs. (Con esta afirmación a más de uno le ha dado un síncope y acaba de estrellar la frente contra el teclado. Fijo.)

De hecho, yo a mis novios siempre los he tratado de “futuros exnovios”, por aquello de no encariñarme demasiado y dejar claro siempre cierto sentimiento de contacto con la realidad (pura fachada, a decir verdad se me ponen las pupilas en forma de corazón y hago circulitos con el pie cual quinceañera enamorada, pero hay que mantener las formas y decir cosas como “te quiero, futuro exnovio”. Claro, ahora nos queremos; ya habrá tiempo de no querer vernos ni en pintura. Como ustedes sabrán (o al menos se lo habrán contado en la peluquería), las relaciones se acaban. Sí, mari, sí. Es una pena, pero sólo en la ciudad de Albacete se produce una ruptura cada vez que miras tu Facebook (o sea, cada dos minutos y medio). Las parejas rompen y el amor se acaba. Los que hace nada decían quererse tanto terminan tirándose los trastos a la cabeza, insultándose y hasta perdiéndose el respeto. Todo se va a la mierda. Pero hay una cosa que, salvo excepciones, no se acaba ni se pierde: la atracción sexual.

O sea, que resulta que terminas con tu exnovio y da igual lo hijo de perra que haya sido. Por mucho que nos pese, a pesar de que rompamos todas sus fotos, partamos sus CD por la mitad, le echemos lejía a su ropa y vayamos por ahí contándole a todo el mundo que la tiene diminuta, en realidad subsiste esa atracción sexual que te llevaba a querer zumbártelo desaforadamente a todas horas del día. Muchísimo más cuando la relación ha sido larga y en todo ese tiempo no se ha conocido otro varón que el susodicho novio (ya, ya sé que lo que se lleva ahora es lo de tener parejas abiertas, pero como dice un amigo mío, no es lo mismo ser pareja abierta que ser la abierta de la pareja. Son cosas distintas). Está claro que cuando uno se echa un novio, pasa mucho tiempo en la cama con él (no me vengan a contar ahora que lo que hacen con sus novietes es jugar a las cartas y que esas manchas blancas del jersey son mahonesa que se ha escapado del McPollo). Y cuando pasas una larga temporada acostándote con una persona llega un momento en el que lo que te excita, lo que te pone burro a más no poder, es esa persona y sus características: su olor, su forma de besar, su cuerpo, su voz, su calor, su aliento, etcétera. Con el añadido de que, a menos que sea un tollo, después de años y años de sexo esa persona sabe perfectamente cuáles son tus puntos débiles y justo donde debe tocar, chupar, morder, lamer, besar, huntar, glasear, caramelizar, peinar, patinar, montar en bici, el verbo que sea para hacerte flipar en colores.

Este hecho se hace evidente, por ejemplo, la primera vez que te masturbas tras la ruptura. Aceptémoslo: cuando uno se pone al lío, allí, a intentar evadirse de los problemas de la vida moderna con una buena paja, resulta que está pensando en sus cosas y, de repente, a traición pura y dura, aparece una imagen en relieve de tu ex, del careto de tu ex, del culo de tu ex. En suma, que te salta a la retina la persona a la que se supone que odias y a la que de hecho tratas de olvidar. ¿Pero qué es esto, maricón? Pero lo peor no es esto, lo peor es que a lo mejor llevas tres cuartos de hora ahí... en tu asunto... dándole sin llegar al final, y resulta que te corres descontroladamente justo cuando aparece ese ser miserable al que ya no amas pero que te mola cantidubi o más. No me digan que no es traumático eso de saber que lo que te ha terminado de poner en el cielo ha sido tu ex. De hecho, yo tengo una amiga que tras dejarlo con un impresentable estuvo meses sin tocarse por temor a que apareciera la imagen del innombrable en el momento culmen.

Como digo, esto es normal, debido a que durante un tiempo determinado habremos realizado una asociación estupenda en nuestro cerebro entre el sexo y esa persona especial a la que habitualmente nos zumbábamos. Lo que ya no es tan normal es eso que ocurre muy a menudo que es acostarte de facto con tu ex, en tiempo real. No miren hacia otro lado, que todos hemos echado uno de esos polvetes a destiempo. Además, es curioso, pero este tipo de situaciones suelen darse casi siempre de la siguiente manera. Resulta que vas y quedas con tu ex, un día como otro cualquiera, cuando crees que lo tienes medio superado, para "tomar café"; vamos, para algo tan sencillo y tan mundano como es devolveros las cosas. Ya saben cómo va esto: buscas y metes las mierdas que se ha dejado tu exnovio por tu casa en una bolsa negra con una calavera pintada y se las llevas (las cosas guays no, lo que te gusta te lo quedas, rollo “por todo el daño que me ha hecho”). Lo esperas en una cafetería a las cinco de la tarde (nada de nocturnidad, estas cosas se hacen a pleno sol). Él llega tarde (como siempre, si es que es un impresentable) y como estás de un susceptible que te cagas, te hace un comentario (da igual, el que sea, desde “me gusta tu nuevo corte de pelo” a “me encanta la nueva nariz de Belén Esteban”) que te sienta mal. Como estás a la que salta, ese comentario provoca que la sangre se agolpe en tus sienes, te pones rojo y se la lías parda a grito pelao: 

Desgraciao', hijo de perra, bastardo, vergüenza debería darte. No te deseo malo pero ojalá Pitingo versione tu canción favorita.

Cuando vuelvas a recuperar la conciencia estarás en pelota picada, encima de tu ex y pidiéndole que te toque el pezón izquierdo al tiempo que en la habitación se escuchan más gemidos y susurros que en un disco de Najwa Nimri. Brutal. En ningún momento sabrás cómo has llegado a acabar en su cama, pero esas cosas suceden. Y suceden porque, como digo, el cuerpo y la mente están predispuestos a dejarse llevar por los exs, por sus técnicas de seducción, por la atracción que se siente, por la costumbre, por lo conocido, por la nostalgia, por el pasado.

Que no digo yo que los polvos a destiempo sean malos, pero hay que reconocer que son un poco arriesgados. Porque suele ocurrir que cuando echas el polvo (que además suele ser un polvazo, por el enfado, la tensión, el echar de menos, la rabia acumulada, las pelotas llenas de amor... En fin, todo) aparece otra vez la ternura, los sentimientos se revuelven y es muy fácil que uno termine barajando la posibilidad de retomar la relación, de volver. Qué bonito volver, una segunda oportunidad (y quien dice segunda dice décimoquinta). Y no es que yo te desaconseje volver con un ex, pero puede ocurrir que mientras tú estés flotando en una nube con forma de corazón, tu ex no quiera en absoluto abandonar su estatus de ex nunca jamás y que para él lo del polvo no haya sido más que un simpleflashback rollo Lost. O peor, que quiera y que por inercia o por un calentón vuelvas a una relación que no te llevaba a ningún sitio o que te estaba haciendo más mal que bien y que te costó horrores terminar. Algo que pasa mucho, de ahí el hecho de que lo califiquemos de práctica bizarra y de deporte de riesgo. 
Cada uno, evidentemente, puede hacer lo que quiera. Yo sólo digo que hay que estar preparados, que antes de tirarse por el puente hay que asegurarse bien el arnés y que el refrán ese de “más vale polla conocida, que polla por conocer” no es del todo cierto. Las relaciones no deben subsistir sólo de polvos a destiempo. Y si hay algo que debemos tener claro es que el mar está lleno de peces. 



Fuente: Universo Gay

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