
Vivimos en tiempos inciertos y terribles en los que absolutamente todo es efímero. Como te lo cuento, mari. Te lo voy a ilustrar pa' que nos entendamos tú y yo. Imagínate: tú tienes un pirulí en la mano y lo estás chupando tan ricamente. Venga, haz como que sujetas un pirulí y lo chupas en casa (aviso: no hacer esto sin la supervisión de una mariliendres). Pues bien, resulta que te distraes un momento mirando al infinito, y cuando vas a chupar y lo único que te queda es aire: el pirulí, ese utensilio que te daba la felicidad plena hace apenas unos segundos, de repente se ha volatilizado. Y tú, claro, te has quedado con la lengua fuera y sin nada que llevarte a la boca. Pues con los novios pasa una cosa parecida.
En estos tiempos los novios duran menos que un opusino en un bar de ambiente. Resulta que, querida lector, estamos inmersos en una dinámica en la que cambiar de pareja es algo casi más frecuente que cambiar de bragas. Ya sabes, te echas un novio y todavía no le has terminado de dar el primer muerdo cuando ya estás pensando en quién va a ser tu siguiente proyecto de ex novio o con quién le vas a poner una cornamenta de kilo y medio. Por eso, dado que los novietes son efímeros y que no podemos estar tranquilos, los mariquitusos, las bollichahis, los heteroguays, los bicuriosos, la quiosquera, tu vecino del siete, tú que me estás leyendo con esos ojillos, yo y en general cualquier persona que tenga ojete sufre de ese monstruo verde que se conoce como celos.
Tener celos hoy en día es una cosa de lo más común. Que sí, tía, de verdad. Te explico:
-En primer lugar porque esta historia que he contado del pirulí es cierta (además de superdura. Con las cosas de chupar no se juega): todo se desvanece, el amor se acaba. El helado se derrite, las copas de wisky se terminan, el sol se pone todos los días y esos tipos que dicen quererte como si no hubiera mañana y que se bordan tu nombre en el elástico de los calzoncillos por amor te llegan un día y te dicen que ya no sienten nada por ti, así por las buenas y porque sí.
-En segundo lugar porque las personas tenemos en estos días de alto consumismoun alto sentido de la propiedad: tendemos a considerar, mari, que nuestro novio es nuestro de verdad, otro objeto de los muchos que componen nuestra vida que podemos manejar a nuestro antojo y como queremos. Los celos, por tanto, son la consecuencia lógica de no querer compartir con nadie lo que por derecho consideras tuyo. Y esto los que tenemos muchos hermanos mayores, de esos que nos lo quitaban todo sin miramientos ni derecho a réplica, lo entendemos perfectamente (qué infancia más dura la del hijo menor de una familia numerosa, chica).
-En tercer lugar, y no menos importante, tenemos, básicamente, el maravilloso hecho de que la gente es más puta que las gallinas. Nos guste reconocerlo o no, lo de comprometernos no nos va demasiado y se ha instaurado una estupenda filosofía de folla más con gente distinta y serás más feliz. Vamos, que yo conozco maricones que tienen un álbum de cromos con las fotos de sus cien mejores ligues. Incluso han añadido un apartado junto a la foto en el que adjuntar puntuaciones correspondientes a categorías de “tamaño del pene”, “capacidad de absorción”, “diámetro ojeteril” y similares. No, lo de que sea buena o mala persona, e incluso lo de que sepa hablar, es absolutamente irrelevante.
Total, mari, que es natural que desconfiemos del ser humano con semejante panorama y que tengamos miedo a que nos dejen. Pues anda que no me han dicho a mí veces eso de “eres mi alma gemela” y luego me han dejado tirado perdido en una cuneta, con la boca igual de abierta que una muñeca hinchable. Está claro, y creo que a estas alturas de la película es obvio y evidente, que uno no puede creerse todo lo que le cuentan, que hay que desconfiar en cierta medida. Por tanto los celos son una especie de sistema de protección que hace que no te relajes ante la perspectiva de que el que dice amarte con la fuerza de los mares te la esté pegando o esté decidiendo secretamente marcharse con otro mariquituso de la especie más guapo, más alto, más musculado y con un pirulí de tamaño descomunal.
Pero es que además de todo lo dicho, los individuos de la era moderna, por lo general, tenemos la autoestima dos puntos por debajo de la de Kafka. Por este motivo, se nos va la vida pensando en que el mundo está lleno de gente mejor que nosotros. Claro, tía, esta es la razón de que para una vez que te echas novio, no puedas disfrutar de él pensando que cualquier día descubre lo que tú ya sabes (que ahí afuera hay muchos tíos mejores que tú) y se marche sin siquiera decirte adiós, muy buenas. De ahí surgen también los celos, puesto que ese instinto de posesión no es más que producto de las inseguridades propias, las que se derivan del “no soy lo suficientemente bueno para que esta persona esté conmigo”. Piénsenlo ustedes bien, queridas lectoros, si ustedes estuvieran convencidas de que son fantásticas y estupendas no estarían constantemente vigilando que nadie les quite sus pirulís. Los celos provienen de la impresión de no estar a la altura y de la idea de que cualquier día nuestros novios nos dan la patada en el culo sin miramientos por nuestra culpa, nuestra culpa, nuestra gran culpa de no ser mejores de lo que somos.
Por supuesto, y dado que todos tenemos inseguridades en algún momento de nuestras aparatosas existencias, es completamente normal experimentar un atisbo de celos de vez en cuando. Que te dé el avenate en un momento dado de pensar que tu chorbo te va a dejar por otro, es algo, dentro de lo que cabe, lógico y normal; y tiene solución mediante una simple conversación sincera, un examen de conciencia, una palmadita en la espalda en plan “hale, hale” y un polvete romántico posterior. El problema viene cuando los celos se convierten en algo enfermizo y entonces le planteas amablemente a tu novio que se quede quieto mientras lo atas a la pata de la cama y le impides salir a la calle vestido de esta u otra manera, o decides impedirle relacionarse con cualquier persona que tenga algo parecido a un cacho de carne colgando de las piernas. Efectivamente, querido, esto no es sano, por si se te ha olvidado tu novio es la persona con la que compartes tu vida y no alguien de tu propiedad a quien puedes prohibir cosas o a quien puedes mangonear a tu antojo, según te venga en gana. Deberías hacértelo mirar en uno de esos chicos muy majos que tienen un título de psicólogo y que cobran por escuchar y ayudar a la gente a superar sus traumas. Sí, esos.
De cualquier manera, yo siempre abogo por la filosofía del carpe diem. La vida son tres pollazos mal dados, así que es mejor que disfrutemos de ellos en lugar de estar continuamente plantéandonos lo que puede suceder, que podemos perder al objeto de nuestros desvaríos. Chupa tu pirulí todo lo que puedas y más, no le des más vueltas. Si algún día tu novio decide largarse a tomar viento con otro, ya sea porque se enamore perdidamente o porque le pique una barbaridad la punta de su pirulí es algo que, por mucho que lo intentes, no vas a poder prever ni controlar. Así que relájate y disfruta del ahora, de lo que tienes en este momento. El día de mañana, Dior y la tienda de chuches proveerá.
Fuente: Universo Gay
En estos tiempos los novios duran menos que un opusino en un bar de ambiente. Resulta que, querida lector, estamos inmersos en una dinámica en la que cambiar de pareja es algo casi más frecuente que cambiar de bragas. Ya sabes, te echas un novio y todavía no le has terminado de dar el primer muerdo cuando ya estás pensando en quién va a ser tu siguiente proyecto de ex novio o con quién le vas a poner una cornamenta de kilo y medio. Por eso, dado que los novietes son efímeros y que no podemos estar tranquilos, los mariquitusos, las bollichahis, los heteroguays, los bicuriosos, la quiosquera, tu vecino del siete, tú que me estás leyendo con esos ojillos, yo y en general cualquier persona que tenga ojete sufre de ese monstruo verde que se conoce como celos.
Tener celos hoy en día es una cosa de lo más común. Que sí, tía, de verdad. Te explico:
-En primer lugar porque esta historia que he contado del pirulí es cierta (además de superdura. Con las cosas de chupar no se juega): todo se desvanece, el amor se acaba. El helado se derrite, las copas de wisky se terminan, el sol se pone todos los días y esos tipos que dicen quererte como si no hubiera mañana y que se bordan tu nombre en el elástico de los calzoncillos por amor te llegan un día y te dicen que ya no sienten nada por ti, así por las buenas y porque sí.
-En segundo lugar porque las personas tenemos en estos días de alto consumismoun alto sentido de la propiedad: tendemos a considerar, mari, que nuestro novio es nuestro de verdad, otro objeto de los muchos que componen nuestra vida que podemos manejar a nuestro antojo y como queremos. Los celos, por tanto, son la consecuencia lógica de no querer compartir con nadie lo que por derecho consideras tuyo. Y esto los que tenemos muchos hermanos mayores, de esos que nos lo quitaban todo sin miramientos ni derecho a réplica, lo entendemos perfectamente (qué infancia más dura la del hijo menor de una familia numerosa, chica).
-En tercer lugar, y no menos importante, tenemos, básicamente, el maravilloso hecho de que la gente es más puta que las gallinas. Nos guste reconocerlo o no, lo de comprometernos no nos va demasiado y se ha instaurado una estupenda filosofía de folla más con gente distinta y serás más feliz. Vamos, que yo conozco maricones que tienen un álbum de cromos con las fotos de sus cien mejores ligues. Incluso han añadido un apartado junto a la foto en el que adjuntar puntuaciones correspondientes a categorías de “tamaño del pene”, “capacidad de absorción”, “diámetro ojeteril” y similares. No, lo de que sea buena o mala persona, e incluso lo de que sepa hablar, es absolutamente irrelevante.
Total, mari, que es natural que desconfiemos del ser humano con semejante panorama y que tengamos miedo a que nos dejen. Pues anda que no me han dicho a mí veces eso de “eres mi alma gemela” y luego me han dejado tirado perdido en una cuneta, con la boca igual de abierta que una muñeca hinchable. Está claro, y creo que a estas alturas de la película es obvio y evidente, que uno no puede creerse todo lo que le cuentan, que hay que desconfiar en cierta medida. Por tanto los celos son una especie de sistema de protección que hace que no te relajes ante la perspectiva de que el que dice amarte con la fuerza de los mares te la esté pegando o esté decidiendo secretamente marcharse con otro mariquituso de la especie más guapo, más alto, más musculado y con un pirulí de tamaño descomunal.
Pero es que además de todo lo dicho, los individuos de la era moderna, por lo general, tenemos la autoestima dos puntos por debajo de la de Kafka. Por este motivo, se nos va la vida pensando en que el mundo está lleno de gente mejor que nosotros. Claro, tía, esta es la razón de que para una vez que te echas novio, no puedas disfrutar de él pensando que cualquier día descubre lo que tú ya sabes (que ahí afuera hay muchos tíos mejores que tú) y se marche sin siquiera decirte adiós, muy buenas. De ahí surgen también los celos, puesto que ese instinto de posesión no es más que producto de las inseguridades propias, las que se derivan del “no soy lo suficientemente bueno para que esta persona esté conmigo”. Piénsenlo ustedes bien, queridas lectoros, si ustedes estuvieran convencidas de que son fantásticas y estupendas no estarían constantemente vigilando que nadie les quite sus pirulís. Los celos provienen de la impresión de no estar a la altura y de la idea de que cualquier día nuestros novios nos dan la patada en el culo sin miramientos por nuestra culpa, nuestra culpa, nuestra gran culpa de no ser mejores de lo que somos.
Por supuesto, y dado que todos tenemos inseguridades en algún momento de nuestras aparatosas existencias, es completamente normal experimentar un atisbo de celos de vez en cuando. Que te dé el avenate en un momento dado de pensar que tu chorbo te va a dejar por otro, es algo, dentro de lo que cabe, lógico y normal; y tiene solución mediante una simple conversación sincera, un examen de conciencia, una palmadita en la espalda en plan “hale, hale” y un polvete romántico posterior. El problema viene cuando los celos se convierten en algo enfermizo y entonces le planteas amablemente a tu novio que se quede quieto mientras lo atas a la pata de la cama y le impides salir a la calle vestido de esta u otra manera, o decides impedirle relacionarse con cualquier persona que tenga algo parecido a un cacho de carne colgando de las piernas. Efectivamente, querido, esto no es sano, por si se te ha olvidado tu novio es la persona con la que compartes tu vida y no alguien de tu propiedad a quien puedes prohibir cosas o a quien puedes mangonear a tu antojo, según te venga en gana. Deberías hacértelo mirar en uno de esos chicos muy majos que tienen un título de psicólogo y que cobran por escuchar y ayudar a la gente a superar sus traumas. Sí, esos.
De cualquier manera, yo siempre abogo por la filosofía del carpe diem. La vida son tres pollazos mal dados, así que es mejor que disfrutemos de ellos en lugar de estar continuamente plantéandonos lo que puede suceder, que podemos perder al objeto de nuestros desvaríos. Chupa tu pirulí todo lo que puedas y más, no le des más vueltas. Si algún día tu novio decide largarse a tomar viento con otro, ya sea porque se enamore perdidamente o porque le pique una barbaridad la punta de su pirulí es algo que, por mucho que lo intentes, no vas a poder prever ni controlar. Así que relájate y disfruta del ahora, de lo que tienes en este momento. El día de mañana, Dior y la tienda de chuches proveerá.
Fuente: Universo Gay










