
El otro día un amigo me contaba que se había enfadado con su novio. Se había enfadado por una cosa muy gorda, muy grande, muy enorme, no porque se comiera la última patata del plato o porque cambiara de canal justo cuando ponían un videoclip de Lady Gaga (aunque esto, para muchos, es motivo de divorcio inmediato e incluso de asesinato inminente). Mi amigo estaba inmerso en un drama de grandes proporciones, digno de telenovela porque su novio había visto la peli de Britney Spears sin él. Qué fuerte, de verdad. Y ni corto ni perezoso me planteaba:
—Tía, ¿qué hago? Me ha pedido perdón, dice que no era su intención verla, que se dejó llevar por un amigo y que cuando quiso darse cuenta estaba allí, delante de la pantalla, como hipnotizado, comiendo palomitas y agitando unas bragas con el nombre de Britney por encima de la cabeza. Yo le creo, de verdad, pero no sé qué hacer, porque no sé si voy a ser capaz de volver con él como si no hubiera pasado nada. Pero, por otro lado, no puedo dejarle: es que le quiero tanto…
Ésta suele ser la diatriba más generalizada cuando alguien que nos importa nos hace pupa. ¿Lo perdonamos? ¿Y qué implica ese perdón? ¿Significa que vamos a hacer como si no pasara nada? ¿Va a haber un tiempo de prueba? ¿Es más fácil perdonar cuando te regalan un iPad? Si lo perdono, ¿lo volverá a hacer y yo me quedaré con cara de pardillo de instituto americano con aparatos en los dientes y gafas de culo de vaso? ¿Implica el perdón sexo salvaje? Todas esas preguntas que se nos agolpan al común de los mortales en situaciones como la descrita.
El perdón es una cosa muy delicada. Está claro que todos cometemos errores, que todos podemos equivocarnos, que algunas veces nos merecemos una segunda oportunidad y que nadie es perfecto. No, ni siquiera tú, querida lectora. Todos nos vamos a ver algún día en la tesitura de haber metido la pata y de tener que arrodillarnos (arrodillarnos para pedir perdón, no para hacer una felación. Aunque mira, eso lo mismo ayuda). Es verdad: hay ocasiones en las que los errores se pueden justificar con más facilidad y pueden tratarse de equivocaciones aisladas que merecen la concesión.
Yo siempre digo que si se va a perdonar, se tiene que perdonar de verdad. Me explico. Hay mucha gente a la que se le llena la boca diciendo bien alto y claro lo de “yo perdono, pero no olvido”. Mire usté, esto es menos coherente que hacer una reforma laboral que fomenta el despido para crear empleo. Es decir, damos y caballeras, un poco de cabeza y de coherencia mental. Cuando uno se ve en la situación de tener que perdonar a alguien se le perdona y se olvida lo que ha pasado, lo que viene siendo un “zorrón…” Que diga… “borrón y cuenta nueva”. O eso o no se perdona y santas pascuas (que tampoco hay que perdonar a todo el mundo, verás, que no eres una ONG ni nada de eso). Pero lo del "yo te perdono, pero no olvido" no funciona. No furula.
Y esto lo digo porque es muy frecuente que tras un enfado, un feo, una putada se afirme: “sí, sí, claro que te perdono. Te perdono una barbaridad. No pasa nada. No te preocupes. Esto ya está más que perdonao’. Que digo perdonado, perdonadisísisisisisisimo. Nada hombre” (con palmada en la espalda incluida). Y todo parece que va estupendamente, que estáis superbién otra vez, y da la impresión de que se ha pasado página y el episodio está enterrado en el olvido. Hasta que seis meses después se produce otro drama tipo “me has cogido mis calzoncillos favoritos” y en plena discusión empieza a salir toda esa mierda que se supone que perdonaste, pero que ahora sacas a colación porque en realidad el te perdono era un "esta me la guardo p'aluego" y, en el fondo, estás más dolorido que el obispo de Alcalá tras una ampliación de ojete. “¡Te odio, eres una mala persona, como aquella vez que fuiste a ver la peli de Britney Spears sin mí!”. Por mucho que tú quieras esto no es perdonar, cariño, esto es guardártelo dentro para aprovechar la más mínima oportunidad para echarlo en cara como arma arrojadiza. Y esto ni es sano, ni recomendable, ni da gustito, ni nada de nada. O se perdona o se guarda rencor, pero no podemos hacer una cosa mientras fingimos otra.
Claro que luego encontramos el otro extremo, el de esas personas que pretenden arreglarlo todo de manera instantánea con un “lo siento” y se quedan tan anchos. Por ejemplo, yo una vez tuve un novio que era un gilipollas. Pero de primer premio, ¿eh? Pues bien, este primor de maricón se pasaba el día haciéndome putadones, al final de los cuales siempre añadía un “lo siento, cari, no era mi intención”. Como es obvio y evidente, porque estoy aquí y no me he vuelto loco ni corro en pelotas por la calle ni nada, al final se me hincharon las pelotas y lo dejé, porque el “lo siento, cari, no era mi intención” número 345334 ya me olió a chamusquina (es que yo siempre he sido un chico muy despabilado, muy listo). Que ya lo dijo Madonna en su “Sorry” (que no “zorra”, que eso es otra cosa y ni es inglés ni nada): que eso ya lo he oído antes y que aquí lo que importan son los hechos y no tus palabritas, mamoncete (lo de mamoncete no lo dice explícitamente Madonna, pero se sobreentiende). En otras palabras, de tanto ir el cántaro a la fuente, que te aguante tu madre, bonito.
O sea, que el perdón es una cosa muy delicada y de la cual no se debe abusar así como así. Y por supuesto, si pedimos disculpas a alguien por algo que hemos hecho no podemos esperar que nos perdone por cojones; tiene derecho a no querer perdonarnos. Ni tampoco podemos exigir que nos perdone a los cinco minutos porque, fíjate, tía, qué fuerte, las personas necesitan tiempo para poner cosas en su sitio, calmar ánimos y serenarse para perdonar. Del mismo modo que hay que ser maduros y sinceros y pensar en el daño que se ha inflingido, que hay gente que pide perdón solo para que a la otra persona se le pase el enfado, sin entender ni de lejos qué ha hecho mal. Y es que a ciertas personas hay que hacerle un croquis, que la ESO ha hecho mucho daño, tía.
Por todo esto, queridos, lo mejor es cuidarse de no hacerle ninguna putada a nadie. Pero por si alguna vez se escapa, ya sabéis, rollo “uy, perdona, no era mi intención joderte la vida”, lo mejor es que practiquemos eso tan divertido y tan estupendo a lo que siempre aludo y que se llama empatía. Tanto para perdonar como para pedir perdón es imperativo que nos pongamos en el lugar del otro.
Pero de verdad, no para salir del paso como siempre.
Hale, a cuidarse: que ustedes lo perdonen bien.
—Tía, ¿qué hago? Me ha pedido perdón, dice que no era su intención verla, que se dejó llevar por un amigo y que cuando quiso darse cuenta estaba allí, delante de la pantalla, como hipnotizado, comiendo palomitas y agitando unas bragas con el nombre de Britney por encima de la cabeza. Yo le creo, de verdad, pero no sé qué hacer, porque no sé si voy a ser capaz de volver con él como si no hubiera pasado nada. Pero, por otro lado, no puedo dejarle: es que le quiero tanto…
Ésta suele ser la diatriba más generalizada cuando alguien que nos importa nos hace pupa. ¿Lo perdonamos? ¿Y qué implica ese perdón? ¿Significa que vamos a hacer como si no pasara nada? ¿Va a haber un tiempo de prueba? ¿Es más fácil perdonar cuando te regalan un iPad? Si lo perdono, ¿lo volverá a hacer y yo me quedaré con cara de pardillo de instituto americano con aparatos en los dientes y gafas de culo de vaso? ¿Implica el perdón sexo salvaje? Todas esas preguntas que se nos agolpan al común de los mortales en situaciones como la descrita.
El perdón es una cosa muy delicada. Está claro que todos cometemos errores, que todos podemos equivocarnos, que algunas veces nos merecemos una segunda oportunidad y que nadie es perfecto. No, ni siquiera tú, querida lectora. Todos nos vamos a ver algún día en la tesitura de haber metido la pata y de tener que arrodillarnos (arrodillarnos para pedir perdón, no para hacer una felación. Aunque mira, eso lo mismo ayuda). Es verdad: hay ocasiones en las que los errores se pueden justificar con más facilidad y pueden tratarse de equivocaciones aisladas que merecen la concesión.
Yo siempre digo que si se va a perdonar, se tiene que perdonar de verdad. Me explico. Hay mucha gente a la que se le llena la boca diciendo bien alto y claro lo de “yo perdono, pero no olvido”. Mire usté, esto es menos coherente que hacer una reforma laboral que fomenta el despido para crear empleo. Es decir, damos y caballeras, un poco de cabeza y de coherencia mental. Cuando uno se ve en la situación de tener que perdonar a alguien se le perdona y se olvida lo que ha pasado, lo que viene siendo un “zorrón…” Que diga… “borrón y cuenta nueva”. O eso o no se perdona y santas pascuas (que tampoco hay que perdonar a todo el mundo, verás, que no eres una ONG ni nada de eso). Pero lo del "yo te perdono, pero no olvido" no funciona. No furula.
Y esto lo digo porque es muy frecuente que tras un enfado, un feo, una putada se afirme: “sí, sí, claro que te perdono. Te perdono una barbaridad. No pasa nada. No te preocupes. Esto ya está más que perdonao’. Que digo perdonado, perdonadisísisisisisisimo. Nada hombre” (con palmada en la espalda incluida). Y todo parece que va estupendamente, que estáis superbién otra vez, y da la impresión de que se ha pasado página y el episodio está enterrado en el olvido. Hasta que seis meses después se produce otro drama tipo “me has cogido mis calzoncillos favoritos” y en plena discusión empieza a salir toda esa mierda que se supone que perdonaste, pero que ahora sacas a colación porque en realidad el te perdono era un "esta me la guardo p'aluego" y, en el fondo, estás más dolorido que el obispo de Alcalá tras una ampliación de ojete. “¡Te odio, eres una mala persona, como aquella vez que fuiste a ver la peli de Britney Spears sin mí!”. Por mucho que tú quieras esto no es perdonar, cariño, esto es guardártelo dentro para aprovechar la más mínima oportunidad para echarlo en cara como arma arrojadiza. Y esto ni es sano, ni recomendable, ni da gustito, ni nada de nada. O se perdona o se guarda rencor, pero no podemos hacer una cosa mientras fingimos otra.
Claro que luego encontramos el otro extremo, el de esas personas que pretenden arreglarlo todo de manera instantánea con un “lo siento” y se quedan tan anchos. Por ejemplo, yo una vez tuve un novio que era un gilipollas. Pero de primer premio, ¿eh? Pues bien, este primor de maricón se pasaba el día haciéndome putadones, al final de los cuales siempre añadía un “lo siento, cari, no era mi intención”. Como es obvio y evidente, porque estoy aquí y no me he vuelto loco ni corro en pelotas por la calle ni nada, al final se me hincharon las pelotas y lo dejé, porque el “lo siento, cari, no era mi intención” número 345334 ya me olió a chamusquina (es que yo siempre he sido un chico muy despabilado, muy listo). Que ya lo dijo Madonna en su “Sorry” (que no “zorra”, que eso es otra cosa y ni es inglés ni nada): que eso ya lo he oído antes y que aquí lo que importan son los hechos y no tus palabritas, mamoncete (lo de mamoncete no lo dice explícitamente Madonna, pero se sobreentiende). En otras palabras, de tanto ir el cántaro a la fuente, que te aguante tu madre, bonito.
O sea, que el perdón es una cosa muy delicada y de la cual no se debe abusar así como así. Y por supuesto, si pedimos disculpas a alguien por algo que hemos hecho no podemos esperar que nos perdone por cojones; tiene derecho a no querer perdonarnos. Ni tampoco podemos exigir que nos perdone a los cinco minutos porque, fíjate, tía, qué fuerte, las personas necesitan tiempo para poner cosas en su sitio, calmar ánimos y serenarse para perdonar. Del mismo modo que hay que ser maduros y sinceros y pensar en el daño que se ha inflingido, que hay gente que pide perdón solo para que a la otra persona se le pase el enfado, sin entender ni de lejos qué ha hecho mal. Y es que a ciertas personas hay que hacerle un croquis, que la ESO ha hecho mucho daño, tía.
Por todo esto, queridos, lo mejor es cuidarse de no hacerle ninguna putada a nadie. Pero por si alguna vez se escapa, ya sabéis, rollo “uy, perdona, no era mi intención joderte la vida”, lo mejor es que practiquemos eso tan divertido y tan estupendo a lo que siempre aludo y que se llama empatía. Tanto para perdonar como para pedir perdón es imperativo que nos pongamos en el lugar del otro.
Pero de verdad, no para salir del paso como siempre.
Hale, a cuidarse: que ustedes lo perdonen bien.
Fuente: Universo Gay










