
Uno de los grandes rasgos de este mundo ultramoderno en el que vivimos es que tenemos que ser de una determinada manera para ser guays. Sí, sí, esto es así. Aunque se prodigue muchísimo eso de que todos somos diferentes y que la diversidad es chupi, eso de que hay que respetar las diferencias individuales y lo especial que somos todos, la verdad es que, al final, la experiencia nos demuestra quetenemos que ser de una forma concreta si queremos caer en gracia y que los demás nos miren con las pupilas en forma de corazón. La sinceridad y el ser uno mismo quedan muy bien en las películas, pero a la hora de la verdad no vende. A muy pocos les gusta realmente: la mayoría de la gente quiere que le mientan y las relaciones se sustentan, en infinidad de ocasiones, en mentiras.
Y esto no ocurre solamente a la hora de follar o a la hora de encontrar novio. Qué va. Esto ocurre también en relaciones familiares o en las de amistad, esas grandes eclipsadas por los novios, follamigos y seres que te ponen palote (que a veces parece que son lo único que cuenta y que pueden hacerte feliz). Y es que hoy en día se fomenta que para ser alguien tienes que tener multitud de amiguitos y contactos y uno no se hace popular con la sinceridad. Mira, querida lectora, por ejemplo lo que pasa en Facebook, que si no tienes menos de 800 amigos no eres nadie y lo de sumar contactos acaba pareciéndose mucho al rollo promiscuo de los Pokemon: hay que hacerse con todos para triunfar.
Esto pasa porque se fomenta que hay que caerle bien a todo el mundo, que hay que ser el mejor amigo de ciento y la madre, que es necesario mantener cierto buenrollismo generalizado con todo quisqui para que nuestra vida sea una suerte de sucedáneo de Barrio Sésamo. Mantener el equilibrio, en suma, y evitar el conflicto en las relaciones interpersonales. Aunque para ello haga falta maquillarse de vez en cuando y ocultar la realidad. Del mismo modo que tenemos que conseguir que todo cristo se masturbe con nuestra maravillosamente cuidada imagen y con lo buenorros que estamos, también tenemos que lograr caerle de puta madre a cuantas más personas mejor. Para conseguir este fin nos autoconvencemos en algún punto de nuestra vida de que hay que ser complacientes, adular a quienquiera que esté junto a nosotros, dorarle la píldora y que crea que somos más chupis que Leticia Sabater. Es justo aquí donde entra nuestra querida amiga: la necesidad de aprobación.
La necesidad de aprobación es una cosa superchuli que consiste en que una persona en cuestión (por ejemplo tú) hace lo que sea por caerle bien a otra persona (que puede ser tu primo, tu jefe, tu amigo, tu vecino del tercero o tu tercer novio de este mes) y conseguir la aprobación de la misma, evitando críticas, posibles conflictos y juicios negativos derivados. Pongamos un ejemplo. Imagina que a ti los caracoles te dan un asco que lo flipas. Vamos, es que es pensar en ellos y se te pone cara de Rouco Varela cruzado con Belén Esteban recién levantada. Una cosa bárbara. Sin embargo, un buen día llega tu amiga Feldesponcia, a la que admiras y de la cual, no sabes por qué, esperas aprobación absoluta y caerle chupi, y te dice que los caracoles están riquísimos. Tremendos. Una delicatesen, maricón. Cualquier persona normal expresaría claramente que los caracoles le dan un asco increíble sin más; es decir, daría su opinión y ya está. Pero como tú necesitas desesperadamente caerle bien a Feldesponcia y además te han enseñado que tu obligación es mantener el equilibrio y evitar las discusiones y conflictos en tus relaciones, accedes a complacerla y le cuentas, así por la cara, que los caracoles te encantan, que te flipan, que te apasionan, que hasta te ponen cachonda (aquí Feldesponcia te mira raro, así que paras de exagerar) y que te los tomarías hasta para desayunar con el café con leche. O sea, que cambias tu opinión y la adaptas a la suya con tal de complacerla.
Pero pongamos otro ejemplo. Pongamos por caso que un día Feldesponcia te pide que le cortes las uñas de los pies. Tope chuli: anda, guapetón, córtame las uñas de los pies (también conocidas como mejillones), que me apetece mucho que me lo hagas tú. Y resulta que a ti lo de cortar las uñas de pies ajenos como que no te va mucho, no sabes por qué (rarezas de cada uno). Si te lo pidiera tu prima Fortunata, a la que ves una vez cada seiscientos años y que te cae como el culo, le dirías que no, pero como tienes la absurda idea de que por cojones tienes que acceder a los deseos de Feldesponcia sean cuales sean, necesitas complacerla como una droga y no quieres que piense mal de ti o se enfade o moleste porque le has dicho que pasas, vas a por el cortaúñas, la tijera, la lima y hasta, si hace falta, se las cortas a bocaos. O sea, que haces cosas que normalmente no harías con tal de complacerla. Le dices "sí" porque eres incapaz de negarte, aunque te apetezca una mierda.
Por regla general, las personas que tratan de alcanzar la aprobación de los otros todo el tiempo tienen muchas inseguridades y muy baja autoestima: sienten que no valen nada y para que los demás las tengan en cuenta se adaptan a lo que estos desean ver, se convierten en su propio reflejo en cuanto a gustos y opiniones y en el paradigma del síbuana. Tienen tanto miedo al rechazo que son capaces de dejar a un lado lo que piensan, sienten o quieren de verdad, para pasar a ser aquello que los otros quieren ver en ese momento.
Esta actitud es muy moda. Es tan moda que a mí me ha dado por mirar a mi alrededor (yo que sé, será que me aburro) para darme cuenta que esto lo hacemos y mucho. Tenemos tal necesidad de preservar una estabilidad absurda, de que todo el mundo se lleve de puta madre con nosotros y de que nos consideren los más chachiguays, que nos transformamos en seres complacientes y sonrientes que jamás se enfrentan a otros para no romper el buen rollo (ese buenrollismo tan antinatural de que todos estamos superdeacuerdo en todo), que obviamos los desencuentros y los conflictos (no vaya a ser que Fulanito se moleste y le dejemos de parecer tan chachis) para, finalmente, olvidarnos de lo que queremos cada uno de nosotros de verdad, de lo que nos apetece hacer e, incluso, de nuestra verdadera personalidad.
Yo abogo desde esta columna por la reivindicación de uno mismo, rollo el “este es mi disco más auténtico hasta el momento” que sueltan las cantantes de moda y que dejemos a un lado la puñetera necesidad de caer en gracia a los demás, complacer y ser chachis. Que dejemos de prestarnos a ser tiranizados por aquellos a los que queremos caer bien para hacer y decir lo que nos dé la gana y que los otros piensen lo que quieran. Que empecemos a ser nosotros mismos, a expresar lo que de verdad pensamos y a enfrentarnos de manera constructiva a quien haga falta. Y quien nos quiera que nos compre.
"Basta ya de tanta tontería", que canturrearan Amistades Peligrosas, de tanta corrección política. Seamos quienes realmente somos y quien crea que no somos lo suficientemente buenos que nos coma el coño en tres tiempos. Sinceridad y autenticidad, queridas. Y que lo demás venga solo.










