A propósito de los ‘nuevos barrios gay’ y del concepto algo antojadizo de ‘gay friendly’ que se está acuñando por estos días, me parece pertinente hacer algunas observaciones desde la Segunda Región, aprovechando que –a veces- la distancia geográfica contribuye a tener una mirada más desapasionada.No creo necesario el establecimiento de barrios gay, como tampoco pienso que debe acuñarse el término de matrimonio gay. Si somos una minoría (¿minoría?) cuya orientación sexual es definitivamente diferente del resto de los mortales, ¿es menester copiar las instituciones y modelos heterosexuales que a duras penas permanecen en las sociedades contemporáneas?
¿Es preciso segmentar espacios públicos para que haya barrios específicos y destinados a una orientación sexual? ¿Tendría que existir entonces barrios para amarillos, para comunistas o para mochileros?
Es cierto que mucho de estos barrios obedecen a ‘razones de marketing’ y que estas segmentaciones están solventadas por quienes buscan obtener un lucro o un negocio sustancioso, partiendo del hecho lógico de que hay quienes se sienten a gusto al establecer comunicación con sus pares en un ambiente definido como tal. No obstante, eso también huele a ghetto, a exclusión deliberada, a una marginación extraña, sobre todo cuando proviene de la misma comunidad que acusa en otros espacios intolerancia y falta de comprensión para su causa.
Respecto de que estos barrios surgen como el producto natural de una discriminación en el lugar de origen de cada una de las personas, eso es relativo a muchos factores. ¿Se acaba la discriminación cuando solamente me reúno con mis iguales y no soy capaz de establecer una bandera de lucha en un medio adverso? ¿Acaso cuando se juntan los iguales se acaban o minimizan las diferencias?
Diferente resulta cuando la comunidad gay abre espacios –culturales, artísticos, comerciales- y genera una corriente específica y natural de clientes a sus respectivos servicios. Pero no por ello la misma comunidad gay ha de dejar fuera a quienes no tienen los recursos para acceder a ciertos espacios, pues esto estaría creando una doble –y todavía más peligrosa- discriminación.

No comparto que la consolidación de los barrios gay sea para fomentar la promiscuidad o el comercio sexual. Sí considero que valida la posibilidad de que haya más resguardo, protección y seguridad desde el punto de vista de la convivencia ciudadana. También resulta más pintoresco desde el punto de vista turístico que los gay se agrupen y generen ‘ambientes’ donde se evidencie una declarada estética o un modo de vida comunitario.
Pero cuando esto se traduce en un ghetto, en un aislamiento o en una manifestación egoísta, donde el mismo gay margina a quienes no tienen los recursos mínimos para acceder a las mismas posibilidades, el tema se pone controversial.
Si el establecimiento de barrios definidos como gay valida el sentido de pertenencia, bienvenidos. Aun cuando sigo pensando que es más válido – y a la vez valida el propio discurso del homosexual – cuando estos espacios realmente alientan la posibilidad de establecer la diversidad como principio de vida, ya que la verdadera lucha de los gay debe ser siempre el lograr que los que se dicen mayoría puedan comprender y respetar a una minoría.
Si vamos a establecer otras formas de clósets, llegará el instante en que definitivamente la bandera multicolor de la causa gay deberá cambiar a tonalidades grises. Algo se estaría perdiendo en el camino. Y eso es doloroso.
Fuente: Gay Magazine










