Daniel nos escribe para contar una experiencia que nunca develó antes, que prefirió mantener para sí. Ahora la comparte con nosotros y creo que bien podría encuadrarse en esas historias que en el blog definimos como “otras salidas del clóset”.
Su relato habla de dos historias de amor gay pasajeras, que duraron lo que un verano. Quizá no tendrían nada de memorable para él, si no hubiera existido la particularidad de que en las calles de Buenos Aires se cruzó con Pedro padre y, casi 20 años después, con Pedro hijo.
Historia de dos Pedros,
por Daniel
Buenos Aires, tardecita de verano de 1991. Vuelvo a casa caminando por Avenida Santa Fe, como siempre, cuando, de repente, desde atrás de una cabina de teléfono lo veo a él, mezcla de señor bien vestido, ropa de marca y cierto desaliño. Para mis veintiocho años es un señor “grande” -luego me confesaría cuarenta y yo descubriría que eran 44.
Me mira, paso de largo. Uno, dos, tres, me doy vuelta y sí, me sigue mirando. Un café de por medio y esa misma nochecita estoy en el departamento de Pedro. Bueno, mejor dicho, en su estudio. Me conduce a la “dependencia de servicio”, equipada, eso sí, con una muy buena cama que justifica como el lugar donde se recuesta una siesta cuando está trabajando (a pesar de que en este momento –me cuenta- casi no trabaja en su estudio porque tiene un cargo bastante importante en un Ministerio-.
A su departamento no me lleva porque, como me confesará varias citas más tarde, es casado. Tiene un hijo, me dice también. Citas hubo varias, siempre en lugares muy muy apartados del barrio de Belgrano (no fuera cosa de que alguien lo viera).
Una de las últimas veces que nos vimos llegó a sugerir que me “hiciera chiquito” porque íbamos a pasar con el auto por la cuadra donde su hijo recién había terminado 7º grado; o sea, íbamos a pasar por el colegio que ya no era el colegio de su hijo. Además, repito, era verano.
***
Buenos Aires, tardecita de verano de 2010. Vuelvo a mi casa después de pasar un rato agradable con amigos cuando, de repente, del asiento de enfrente del subte lo veo a él, mezcla de Clark Kent y mirada pícara. A mis cuarenta y seis años es un muchacho joven -treinta y un años recién cumplidos, aunque parecía menos.
Me mira. Lo miro. Me mira y sonríe, lo miro y sonríe. Cuando llegamos a la estación Bulnes se levanta para bajarse y me hace señas para que lo siga. ¡Todavía existe este tipo de levante!, celebro.
Vamos a tomar un café por allí cerca. Me invita a su departamento. Al llegar, está la encargada en la puerta, lo que no impide a Pedro rodear mi cintura con su brazo mientras esperamos el ascensor. El departamento es chiquito, pero muy bien puesto. En el pasillo que da a la cocina hay una especie de mural hecho con fotos. Veo una foto de él cuando chiquito, era un pibe lindo, y algo me resulta familiar. A esta foto yo ya la ví.
Luego veo una foto de Pedro con su mamá y con su papá, quien no sólo le dio su nombre sino que le consiguió un trabajito en un Ministerio gracias a sus conexiones de cuando trabajaba allí, me cuenta.
Entonces, ya no tuve dudas.
Dani
Fuente: Boquitas Pintadas










