
En la Edad Mierd… Media, ya sabes, esa época en la que se desarrolla ese libro de dos millones de páginas de Kete Follen… Ken Follet y en la que la Inquisición hacía cosas tan chupis como chamuscar a gente en hogueras y aplicar unas bromillas de nada también denominadas torturas (lo que ocurre es que se quejaban mucho, los muy maricas, que no aguantaban ni unos pinchos debajo de las uñas), los seres antiguos se batían en duelo. No, no se batían los huevos: se batían en duelo. Todos hemos visto esas películas en las que dos caballeros fornidos y guapos pretendían a la misma tipa, competían por ella, se miraban con cara de haberse quedado sin papel higiénico todo el rato, se terminaban retando en plan farrucos y se ponían ahí a muerte, en lucha encarnizada, montados en caballos (por eso se llamaban caballeros. Nivelazo, ¿eh?) y sujetando un palo largo y tieso que se hincaban el uno al otro*.
*No, siento haber llevado a confusión con lo de hincar el palo largo y tieso: no es porno gay, dejad de tocaros con los ojos vueltos. Gracias.
Y es que antes la gente no iba a cuartos oscuros y no veas la que liaban para mojar el churrasco. Los caballeros se mataban vivos con tal de conseguir los favores de la dama, mientras ella, muy cómodamente, los contemplaba comiendo palomitasdesde una ventana en un torreón.
Este papel de dama estupenda y divina de la muerte que no mueve un dedo por nadie se ha conservado durante siglos en formol hasta nuestros días. Está claro que esas damas podían ser muchas cosas, pero de tontas no tenían un pelo. Eso de que dos tíos buenos se peleen por nuestros favores y convertirnos en el puñetero centro de atención forma parte de las fantasías de muchos. A todos nos hace mucha ilusión que se desarrolle una escena similar en nuestra vida cotidiana y llegar a preguntarnos en un momento determinado: ¿Con quién me lío, con el Kevin que tiene moto o con el Yoni que tiene coche? Bah, que se peleen por mí y que gane el mejor. Dando por sentado, claro está, que tanto el Kevin como el Yoni se mueren por nuestros huesos y son capaces de escalar el Everest a la pata coja por nuestro amor. Pues bien, hoy en día hay gente que se desvive con tal de encontrarse en una situación como ésta y hacen cosas como encaprichar a otro teniendo pareja, llevar doce relaciones paralelas o tener citas con seis personas a la vez para que muestren sus encantos. ¿Egocentrismo? Qué va, mujé, también puede ser aburrimiento, que hay mucho paro…
Eso de ir de premio gordo por la vida está muy de moda. De hecho, la misma televisión nos insta a ello con programas tan chupis como el reality este que vi yo el otro día cuando puse la tele. Yo iba a poner un documental de tigres y al final me encontré con uno de zorras. El programa se llama ¿Quién quiere casarse con mi hijo? y en cuanto llevas tres minutos viéndolo te dan ganas de responde a esa pregunta con un Yo no me caso con tu hijo ni muerto, antes me practico una lobotomía con una cuchara de servir helados. Va de una señora que lleva a su hijo a la tele para que elija entre un montón de pretendientes, los cuales deben conquistarle e incluso se atreven a convertir sus apacibles existencias en una suerte de Showgirls para conseguir que ese semiconocido y su madre les hagan el menor caso. No me digan ustedes que no es la versión moderna de la lucha encarnizada de los caballeros andantes por la princesa. El hijo, por supuesto, no tiene que hacer nada por ganarse el afecto de sus pretendientes, porque para eso es el rey del mambo (no se sabe por qué, si porque la tiene más kilométrica o qué).
Posición cómoda donde las haya y que está de lo más extendida a nuestro alrededor. El otro día, sin ir más lejos, una amiga me contaba tras un chupito de cola-loca que ella nunca, jamás, jamás de los jamases, le entraría a un tío. Y no lo decía por timidez, lo decía como si eso de entrarle a un tío fuera equiparable a mojar una cebolla en nata montada y comértela mientras suena un disco de King África: con un asco y un repelús inauditos. ¿Pero qué clase de guarra te crees que soy? Que entren ellos, que para eso son tíos y son los que deben moverse y luchar por mí y por que yo les haga caso. Cosa que me llama muchísimo la atención, porque mi amiga, además, dice ser feminista de pro, pero justamente en este caso como que saca su lado de mujer antigua de pueblo y opina que como toda la vida de Dior, son los hombres los que deben cortejar a la hembra. Mira tú qué propio, qué cómodo, que entrarle a un tío es de putas. Pero si son seis o siete los que le entran y ella les hace creer que puede tener algo con todos ellos, no pasa nada, eso no es ser puta: eso es tener muchos pretendientes para elegir.
La triste realidad es que lo que impera es una filosofía magnífica de “yo soy lo más de lo más y no tengo que mover un dedo por nadie, que sean otros los que se partan el espinazo por conseguirme, porque soy un primer premio, único e hipergenial, me lo merezco todo y tengo derecho a elegir”. Filosofía que no sería nada sin su contrapuesta: “yo, como soy menos que los demás, tengo que partirme el espinazo por conseguir que me hagas caso, así que me rebajo”. Del mismo modo que hay mucha princesa por ahí, no es menos cierto que también hay mucho individuo dispuesto a hacer de cortesano fiel y servicial porque cree a pies juntillas que la única manera de ganarse los favores de ciertas personas es esforzarse en extremo, hacer regalos, agasajar e incluso hacer las veces de felpudo cuando la ocasión se tercie. Se junta el hambre con las ganas de comer. Y así, entre la autoestima que les sobra a unos y la que les falta a otros, estamos apañaos.
Que digo yo, que siendo tan guapos y fornidos, bien habría estado que los caballeros de la Edad Mierd... Media (y, de paso, los pretendientes de ahora), se hubieran puesto de acuerdo y se hubieran dicho anda, vámonos de cervezas y vamos a ligarnos a una menos estirada que la rancia ésta, que se está frotando las manos sólo de imaginar nuestras vísceras desparramas por el suelo. Y si quiere ser el centro de atención que agite las bragas en medio de una feria de ganado, pero a nuestra costa ni mijita. Anda y que le den por culo y un abrazo. Lo que viene siendo eso que nos cuesta tanto y que no es ni más ni menos que darse a valer.
Fuente: Universo Gay










