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15 de marzo de 2012

Yohana: “Yo fundé una pastoral de travestis en la villa”

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Yohana Lencina tiene 45 años y acaba de estrenar su nuevo DNI en la mesa de entrada del diario, donde viene a contar su historia de vida desde que empezó a sentirse incómoda en su cuerpo de varón, cuando aún iba al colegio primario y se llamaba Luis, hasta hoy, cuando por fin consiguió ser legalmente ella.
Recién retiró su documento y está feliz. Cuida como oro el sobre del Registro Nacional de las Personas. Lo saca de la cartera para mostrarlo, le encanta la idea de fotografiarse con su DNI, su cédula y su nueva partida de nacimiento, papeles que nunca soñó que iba a tener. “Es como nacer de nuevo”, dice. “A partir de ahora empieza el trabajo de cambiar las facturas de impuestos y servicios de mi casa. No me quejo, es un tramiterío tedioso que esperé toda la vida poder hacer”.
Yohana parece una de esas personas que no se cansan nunca, que siempre están activas. Ella cuenta que en su lucha de años fue fundamental su fe en Dios: la religión católica le permitió no claudicar en su vida. Aunque también conoció las dificultades puertas adentro de la iglesia, sobre todo cuando empezó a vestirse con ropas de mujer. En alguna oportunidad, algún sacerdote le pidió que se retirara de la misa, también recuerda los tres años que le hicieron “repetir” la preparación a la Comunión. “Me decían que no podía tomarla porque tenía que hacer sí o sí el retiro espiritual y no sabían si mandarme con varones o mujeres”, relata.


Ella menciona al, por entonces, obispo de San Isidro, monseñor Jorge Casaretto, y está agradecida porque le permitió tomar la Comunión y Confirmarse, también. “A los veintipico me dieron ganas de tomar la Confirmación; entonces me acerco al padre Jorge, de la villa La Cava,donde yo vivía. El me dijo que lo tenía que autorizar el obispo y hablamos con Casaretto. Nos recibió a los dos. Me dijo que como ya había estudiado y me veía tan decidida no tenía que hacer el curso, pero quise hacerlo igual y fui un año con todos los jóvenes”, relata Yohana. En diciembre de 1998 se confirmó. No se olvida más de esa fecha.
Muestra una foto de ella entonces: su pelo negro hasta la cintura peinado con una trenza cocida, sus palazos, sus tacos altos.
La historia recién empezaba. Luego de ese paso, junto al sacerdote de La Cava, el barrio donde ella vivió desde los 4 a los 28 años, Yohana organizó una pastoral de travestis.  “El padre nos mostró que nosotras también somos hijas de Dios, necesitamos de él, de  rezar, de pedir perdón. En los encuentros el padre nos daba charlas, conversábamos sobre esos temas, sobre nuestros derechos. Muchas se engancharon y pudieron tomar la Comunión y luego confirmarse”, cuenta, quien después armó con otras compañeras de militancia la asociación Liga y Unión de la Comunidad Homosexual Argentina (LUCHA) para seguir trabajando por la integración real de las personas trans.
Sabe que falta mucho, pero se aferra a un refrán como si fuera la biblia misma. “La fe mueve montañas”, dice. Ella es pura fe.

Les dejo la carta que Yohana escribió para que el Estado la reconozca con su verdadera identidad. Es la síntesis de su vida, según ella misma. Su infancia, su condena familiar, la violencia escolar, las detenciones de la policía, su miedo al servicio militar, sus trabajos, su militancia….



Carta de Yohana al Estado

Mi nombre es Yohana Lencina , DNI 18284912, nací en La Plata el 15 de julio del año 1967. Mi madre es Aurora Lencina; después de 34 años conocí a mi padre,  cuyo nombre es Juan Carlos Luna. Soy la mayor de dos hermanos: Fernando y Guillermo Castro.
Mi historia difícil comienza desde mi niñez, más precisamente a los 5 años; en esa etapa empezaba en San Isidro la escuela primaria y ya encontraba atracción por aquellos que eran mis compañeritos. Mi forma de relacionarme tanto con mis compañeros como con mis maestras era diferente a la que ellos esperaban o estaban acostumbrados; entonces, a raíz de eso, mi madre no estaba conforme con la escuela y recurre al cambio de institución. Como nada cambiaba, así pasé por tres escuelas más.
En este momento, mi corazón recuerda que, cuando cursaba 5º grado, mi maestra “Julia” me quiere llamar la atención entonces pide una reunión personal con mi madre. Grabada está en mi memoria lo que la docente le dijo a mi madre. Entre otras palabras, recuerdo algo que parecía un versito: “Su hijo se comporta como un  mariposón, me canso de llamarle la a atención”. Sin querer, y sin saberlo, a los 10 años era discriminado por aquella que nos hablaba de respeto.
Toda esta situación, inconcientemente me llevó a ocultar lo que realmente sentía, por miedo a la reacción de la gente que quería. Tanta fue la presión que sentía que recurrí a analizarme con un profesional durante 3 años.  Me sentía invadida, lloraba todo el tiempo. Sentía que me pedían que fuera alguien que no era, no podía inventar lo que ellos pedían. Pero aún así,  hasta 6º grado, con gran esfuerzo, oculté mi condición. Pero era inevitable que no se dieran cuenta. Mi madre era la que no podía ver en mí lo que yo realmente era. “No hay ciego  peor que el que no quiere ver”.
Mi primaria culminó con la expulsión por mi comportamiento que, para aquella sociedad, era “una vergüenza”. Como era casi fin de año me incorporaron nuevamente y así pude terminar mi primaria en 1981 en la escuela Nº 11, en San Isidro.
La adolescencia
Ya a los 15 años mi madre fue asimilando de a poco lo que mi cuerpo y mi corazón necesitaban.
El segundo camino, el más difícil, fue empezar el secundario. Debo confesar que en ese período viví lo más humillante, ya que la discriminación no fue indirecta sino directa hacia mi persona. Lo más normal, por ejemplo, era que ir al baño fuera un suplicio. Tuvieron que juntarse los profesores cuando dije que no quería ir al baño de hombres, ya que mis compañeros se burlaban cada vez que iba. Recuerdo que pedía permiso para salir en horario de clases. Un profesor una vez me lo negó, yo le expliqué a qué se debía y él me dijo “y vos qué sos?”, “yo soy una mujer”, le dije, “yo veo a un hombre”, me contestó. Resolvieron, finalmente, autorizarme ir al bañe durante el horario de clases.
Decidí pasarme al horario nocturno a ver si me sentía mejor. Un día en que me agredieron a la salida tirándome piedras, decidí abandonar los estudios.
Ya a los 16 años, a escondidas de mi madre, con la excusa de ir a cumpleaños me reunía con  Karina. Con ella compartíamos alegres tardes con vestidos, pinturas y perfumes. ¡Todavía las recuerdo! En esas pocas horas era feliz.
A los 17 me recuerdo enamorada y tuve mi primer novio; su nombre era Jorge y con él estuve 5 años. Con este amor aprendí a ser una mujer feliz, contenida; mis primeros besos se los dí a él.
El miedo al servicio militar
Este amor fue superado por lo amargo del año 1985 en el que el servicio militar era obligatorio y quedaba al azar  por sorteo si formabas parte de ellos o no.  Me encontré una tarde en mi casa mirando por el noticiero el famoso sorteo. Los números rodaban y mi corazón latía suplicando no formar parte del servicio.
Pero mis suplicas fueron en vano: debía presentarme al día siguiente en San Martín, en donde me hicieron la revisación médica. Pensé que, por mi condición sexual, no iba a tener que hacerlo. Pero pensé mal: salí apto A (a todo servicio).
Mi desesperación fue invadida por la impotencia. Me imaginaba dentro del campo de batalla y, si antes dije que mi secundaria fue un calvario, no dudé ni dudo de  que el servicio iba a ser muchísimo peor. Me imaginé ultrajada, burlada y no estaba en condiciones de soportarlo. Hice todos los trámites para no hacer el servicio militar, necesité caminar mucho, llenarme de paciencia, pero lo conseguí.
Me di cuenta de que si pude con eso podía  luchar por mi condición. La sociedad tenía que aceptarme tal cual era. Las tardes de vestidos, pinturas y perfumes ya  no eran a escondidas. Salía a los corsos como vedette.
A partir de los 18 años comenzó a hostigarme la policía, por el sólo hecho de verme en la calle me detenía. Recuerdo el día en que me detuvieron por 1 semana al volver de la carnicería con medio kilo de carne. Debo haber sido detenida más de 30 veces, todas con una duración de, por lo menos, una semana. Recién cuando se derogó el Código Contravencional se acabaron estos problemas.
Ganarse la vida
Trabajé en un restaurante como  ayudanta de cocina durante muchos años. A los 23  me quedé sin trabajo ahí y, al tiempo, me ofrecieron trabajar como puntera política en la villa donde vivía; lo acepté y empezó así mi experiencia en la ayuda social.
Allí me encontraba muy cómoda trabajando, ayudando a gente de mi misma condición o no en San Isidro; pero también ahí tuve el desagrado de ser víctima de discriminación y burla de la propia directora al enterarse de mi condición, a tal punto que me echó del establecimiento.
Gracias a la ayuda de muchas personas y a mi lucha armé una asociación llamada “LUCHA” (Liga, Unión, Comunidad Homosexual Argentina) donde se daba apoyo a las compañeras discriminadas por la sociedad.
Necesito que mi DNI refleje mi identidad. Retomé hace 2 años el secundario y quiero que en el título figure mi nombre. Esporádicamente viajo al exterior y resulta agobiante que en las Oficinas de Migraciones tenga que dar explicaciones sobre algo que resulta de mi intimidad, de hecho, suspendí mis viajes.
No tengo tarjetas de crédito, ni de débito, no utilizo cuentas bancarias, ni pido préstamos. Evito toda situación de trámites, ya que cada uno de estos resulta humillante. Nunca escrituré mi casa por falta de la documentación acorde a mi identidad.
Estoy cansada de no poder hacer las cosas como quisiera. Esto resulta limitante para mis proyectos y para mi vida en general. Por todo esto requiero de forma urgente un Documente Nacional de Identidad donde figure yo.
Yohana Lencina



Fuente: Boquitas Pintadas

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