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16 de abril de 2012

Todos los tíos son iguales

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Cuando estamos dolidos y nos sentimos traicionados, nos repetimos este tipo de frases hasta el punto de creérnoslas y de prejuzgar a los demás. La generalización no es buena: mata el alma y la envenena, tía, y hace que te vuelvas loca del coño y dejes de descubrir lo que hace diferente a cada uno de esos tíos.



El dolor, el sufrimiento, es una cosa muy mala. Resulta que cuando nos metemos en el maravilloso y fantástico mundo de las relaciones, ese que según ciertas películas y algunas historias es la cuna de la fantasía, la ñoñez y la estupendez, nos vemos en la obligación de descubrir que las relaciones hacen mucho daño. Y no sólo estoy hablando de que te enamores de tu vecino del siete y éste te rompa el corazón, sino que me refiero a cualquier tipo de relación. Y si nos ponemos, hasta las conversaciones que tienes por la mañana con tu frutero mientras acaricias un plátano maduro con la yema de los dedos puede llamarse relación, aunque ésta sea efímera y poco profunda. Es decir, que interaccionamos y nos exponemos continuamente a que otros nos hagan daño. 

Pues bien, pasa que cuando nos hacen pupa nos ponemos en plan hipermegadramáticos. A lo Escarlata O’Hara en Lo que el viento se llevó, nos da por levantar el puño y gritar eso de “A Dior pongo por testícu… testigo que nunca volveré a pasar hambre…. Ni a confiar en nadie”. En nadie, maricón, ¿tú sabes lo que es eso? Eso es una generalización, claro, y además una barbaridad. Pero se nos llena la boca y lo decimos cuales lobas heridas, porque el resentimiento es así y porque en el momento como que queda superbién, hace juego con nuestra cara de amargados y nosotros siempre hemos ido muy conjuntados y a la moda, que para eso somos maricones y en vez de venas tenemos pasarelas Cíbeles.

Las generalizaciones se nos deberían pasar lo mismo que se nos pasan las resacas. No te hagas la abstemia, querido lectora, y reconoce que tú, como todo hijo de vecino, alguna noche que otra has salido a antros nocturnos de machos perversos, has empezado a pimplar, te has pasado con las copas y has terminado más ciega que Topacio, borracha como una cuba en cualquier esquina, confundiendo canciones de Raphael con singles de Lady Gaga y bailando sardanas con un señor de Murcia que no recuerdas cómo conociste. Y al día siguiente te has despertado, más muerta que Laura Palmer, con una resaca del quince y te has dicho a ti mismo:

Qué dolor de cabeza más malo, más fuerte y más todo. Esto va a ser del chupito de tequila que me tomé a las doce claro que sí, del chupito ese tiene que venir todo, no va a ser de las tres copas de vino, las nueve cervezas y los siete gintonics. Anda ya, mujé, pero si la tónica es digestiva... o difestiva. O algo—. Qué dolor de cabeza más malo, más fuerte y más todo. Madre mía, madre mía, ya no vuelvo a beber más. En la vida. JA-MÁS. 

Pero es mentira. Porque un par de semanas más tarde te ves en otra borrachera y conoces a otro señor de Murcia (a este paso te hacen hija predilecta) y bebes y bebes y vuelves a beber como los peces en el río. Y es que las malas experiencias tienen que olvidarse, no va a estar uno acordándose toda la vida de un mal rato. 

Pues bien, los dolores post decepción/ traición/ abandono/ ruptura traumática/ mepusoloscuernoshastaconelbarrendero/ yolequeríaperoerahetero/ mechupólaorejaperonoelpene deberían ser como una de estas simples resacas y olvidársenos a las pocas semanas, para, al tiempo poder empezar de nuevo a relacionarnos con otras personas, desde cero. Sin embargo, esto no ocurre así. Primero porque somos la mar de dramáticos y tenemos la impresión de que cuando nos hacen daño hay una conspiración judeo masónica del mundo en contra nuestra y tenemos que protegernos (y no, lo que pasa es que no siempre se coincide con la gente adecuada en el momento adecuado y hay roces, las personas se equivocan, hay algún que otro memo suelto, la influencia sobre el cerebro humano de la órbita de Saturno en paralelo al sobaco de Ángela Merkel y a la tocha de Sarkozy… un compendio de factores que raras veces tiene que ver con la supuesta maldad del género humano). En segundo lugar porque tenemos miedo a volver a relacionarnos y a que nos hagan daño, a intentarlo de nuevo y a fracasar: es más cómodo y más seguro no volver a implicarnos.

¿Quién no ha dicho alguna vez eso de “Todos los tíos son iguales, unos cerdos, unos cabrones, unos hijos de puta (también conocidos ahora como políticos) y unos miserables despreciables indignos de mi querer”? Es que es de lo más lógico y normal, hay que hacerlo. Es más, demuestra salud mental imaginar a todos nuestros exs agonizando en un charco de sangre y pus y cucharachas, y quien diga que no es que está enfermo, lo recomiendan todos los psicólogos del mundo. El problema es que en algún momento llegamos a creer que de verdad los tíos son así; y eso, claro,afecta a nuestra capacidad para relacionarnos. 

Cuando generalizamos nos sentimos más listos que los demás y se da el paradigma de la profecía autocumplida. ¿Qué es esto? Pues yo te lo explico, querido lectora, que no se diga. Pongamos que Feldesponcio, por ejemplo, se lleva un desengaño y se pasa tres años repitiéndose a sí mismo y a todo aquel que quiera escucharle que los tíos son todos unos batracios y unos cabrones. Es probable que tras este machaqueo, Feldesponcio llegue a creer en esa idea firmemente y se cobije tras ella; y si el día de mañana el señor que vende los helados de tuti fruti en la esquina le invita a salir, no sólo estará receloso ante la idea y a la defensiva, sino que mientras lo conoce buscará desesperadamente cualquier indicio, hecho o circunstancia que avale su teoría y le dé la razón, saboteando cualquier posibilidad de relación. Eso sí, él no se dará cuenta de esto, suno que se dirá a sí mismo "¿Ves como tengo razón y son todos unos capullos? Nadie merece la pena"; y así foreve enever, en bucle.

Es normal sentir cosas y estar resentidos un rato. Pero luego hay que ser humildes y valientes, mirar para adentro, hacer examen de conciencia y de valores, trabajarse las taras y soltarse la melena otra vez: las personas somos únicas y diferentes. La generalización no es más que un prejuicio que aprendemos a base de repetición, que suele esconder otros problemas y que nos impide relacionarnos con los demás de forma libre y sana. Generalizar es, en sí mismo, un error de percepción. 

La solución al sufrimiento no es esperar que todos te defrauden, sino limitarte a descubrir lo que hay detrás de cada persona. Descúbrelo, tía. Y las suspicacias déjatelas en la mesilla de noche, que va a ser mejor para ti y para los demás.



Fuente: Universo Gay

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