
Hola, niños. Soy Coco y esta es mi Jaca Paca. Esta semana nos hemos deshecho del señor García y lo hemos mandado a hacer puñetas para ocupar su columna. Aunque no lo creáis, los muñecos podemos ser mazo de chungos. Si en episodios anteriores de Barrio Mariquitisésamo hablábamos sobre la diferencia entre cerca y lejos (resumiendo: si notas un bulto raro de repente en una discoteca es que te están arrimando el paquete al culo, luego el sujeto está cerca y no lejos) y sobre la relación homosexual nunca manifiesta entre Epi y Blas, esta semana vengo a hablaros de una cosa esplendorosa que nos afecta a todos (y a todas) y que se denomina "media tinta". Como soy muy listo me he dado cuenta de que este es un portal de gente de la acera de enfrente, así que me he decidido a aplicar la historia a una cosa que se conoce como homofobia.
Pegarle una paliza a un gay es homofobia. Insultar a alguien por su condición sexual es homofobia. Que una jefa despida a su empleada porque ha descubierto que le gusta el potorro con potorro es homofobia. Un tío en la tele diciendo que estamos enfermos está siendo homófobo. Etcétera. En todo esto estamos todos de acuerdo. Como muñeco azul estoy seguro de que sí: se trata del lado más evidente y cruento de la discriminación hacia los no heteros. Sin embargo, hay otras conductas y comportamientos que son más sutiles, menos evidentes, pero que también son síntoma de homofobia. No se me asusten ustedes, que en cuanto les ponga un par de ejemplos van a dar palmas con las orejas porque van a entender esto a la perfección.
Por ejemplo, unas frases muy populares:
—Yo no tengo nada en contra de los gays, pero no creo que deban casarse ni adoptar niños. Pero insisto, no tengo nada en contra de ellos. De hecho, yo tengo muchísimos amigos gays y una hermana lesbiana y me llevo taco de bien con todos ellos. Los respeto. Ellos también son seres humanos. Nos vamos de cañas los sábados. Son muy graciosos los maricones estos, a mí me encantan. Imitan a la Pantoja como nadie. Y son muy cariñosos, como los perros. Y ni les escupo ni nada. Más majo yo... Soy un primor de tolerancia. Este año me dan el Nobel ese fijo.
Esta frase no es que yo me la haya sacado de la manga. Salvando la ironía (es decir, la parte que no está en negrita) este tipo de declaraciones puede hallarse fácilmente en los medios de comunicación, en boca de personas influyentes social y políticamente; pero también podemos encontrar semejantes lindezas en boca de la madre de Juanito, de la vecina Sebastiana, de nuestra prima de Albacete e, incluso, de nuestra amiga Juliana, que afirma querernos una barbaridad y sale de marcha con nosotros a bares de ambiente todos los sábados, pero te dice a las claras que el día que ella tenga un niño no lo vas a tocar ni con un puntero láser (no vaya a ser que lo contagies). Y es que el hecho de que a pesar de tus ideas puedas rodearte de maricones (y de bolleras, pero sobre todo de maricones, que son más chulis y están más de moda) se convirtió hace mucho en un aval para dejar claro que, bueno, aunque no crees en el matrimonio homosexual, en la adopción y esas cosas, ya saben ustedes, esas minucias que constituyen en suma la equiparación de los derechos del colectivo homosexual con los heterochachis, no se te puede tachar de homófobo porque normalmente te relacionas con maricones; y, es más, estos se llevan chupi lerendi contigo y hasta te quieren mogollón. Incluso parece que te están haciendo un enorme favor y que te están defendiendo.
Pues bien, hay un libro fantástico, mu' finito, que se llama Homofobia. Pues habla de la homofobia (en serio, ¿a qué no te lo habrías imaginado?). En él, su autor, Daniel Borrillo, nos aclara un par de cosas que creo que son muy importantes. Ya, ya sé que hablar de libros crea huidas en manada y estampidas, pero en este caso anímense a quedarse, que les va a encantar. Nos dice este libro que la homofobia tiene dos dimensiones:
a. Una personal, de naturaleza afectiva, que se manifiesta en el rechazo expreso y explícito de los homosexuales. Vamos, para que nos entendamos y siguiendo el estereotipo que tenemos en mente: ese señor con pinta de cazurro rural que expresa sin tapujos que los maricones y las tortilleras estamos mal de la chota, que nos deberían encerrar, que lo nuestro es contra natura en toda regla y que en cuanto ve a un mariquita sale corriendo a por un crucifijo. Animalico.
b. Una dimensión cultural, de naturaleza cognitiva. En ella el motivo de rechazo no es el homosexual en sí, sino la homosexualidad como fenómeno psicológico y social. Es decir, que a mí el hecho de que mi compi de curro sea de la acera de enfrente me da igual, pero no me parece bien que las parejas homosexuales adopten niños, por ejemplo.
Y añade Borrillo que “esta distinción permite comprender mejor una situación bastante extendida en las sociedades modernas, que consiste en tolerar e incluso simpatizar con los miembros del grupo estigmatizado, pero considerando inaceptable cualquier política de igualdad”. Blanco y en botella... Vino blanco. Es más, en este contexto, nadie rechaza a los homosexuales (uy, qué va, eso no queda bien, no está bonito), pero nadie considera sorprendente que no gocen de los mismos derechos que los heterosexuales. Un drama.
En suma, que cuando una persona dice no tener nada en contra de los maricones y las bolleras, pero no apoya los derechos del colectivo, está siendo homófoba. Me da igual si su mejor amigo es gay: en el preciso instante en el que está en contra de la equiparación de derechos, está discriminando: está siendo homófobo. Y esto lo digo porque hay cierto sector social, político sobre todo, que se dedica a decir para lavarse la conciencia y la imagen que no tiene nada en contra de nosotros, pero que a lo nuestro no se le puede llamar matrimonio (de lo de tener niños mejor ni hablemos). Dicen, en un alarde magnífico de coherencia, que somos iguales, pero que no podemos tener los mismos derechos. Venden así un discurso bajo la idea de que ellos no están siendo homófobos, qué va, que nos apoyan una barbaridad y están con nosotros porque no aprueban que se nos pegue o se nos insulte. Pero la idea de una igualdad real no entra en absoluto en sus planes. No la aprueban. Es más, les aterra en el mejor de los casos.
Así que, niños y niñas, cuando un homófobo os diga que no tiene nada en contra de los mariquitusos y las bollichachis porque conoce a un montón de sarasas y los ama con locura, decidle que puede meterse su media tinta por el ojete. Quien no cree en tus derechos ni te trata como a un igual nunca puede estar contigo, sino contra ti. Que quede bien clarito: medio aceptar es discriminar. Desde luego que sí.
Fuente: Universo Gay
Pegarle una paliza a un gay es homofobia. Insultar a alguien por su condición sexual es homofobia. Que una jefa despida a su empleada porque ha descubierto que le gusta el potorro con potorro es homofobia. Un tío en la tele diciendo que estamos enfermos está siendo homófobo. Etcétera. En todo esto estamos todos de acuerdo. Como muñeco azul estoy seguro de que sí: se trata del lado más evidente y cruento de la discriminación hacia los no heteros. Sin embargo, hay otras conductas y comportamientos que son más sutiles, menos evidentes, pero que también son síntoma de homofobia. No se me asusten ustedes, que en cuanto les ponga un par de ejemplos van a dar palmas con las orejas porque van a entender esto a la perfección.
Por ejemplo, unas frases muy populares:
—Yo no tengo nada en contra de los gays, pero no creo que deban casarse ni adoptar niños. Pero insisto, no tengo nada en contra de ellos. De hecho, yo tengo muchísimos amigos gays y una hermana lesbiana y me llevo taco de bien con todos ellos. Los respeto. Ellos también son seres humanos. Nos vamos de cañas los sábados. Son muy graciosos los maricones estos, a mí me encantan. Imitan a la Pantoja como nadie. Y son muy cariñosos, como los perros. Y ni les escupo ni nada. Más majo yo... Soy un primor de tolerancia. Este año me dan el Nobel ese fijo.
Esta frase no es que yo me la haya sacado de la manga. Salvando la ironía (es decir, la parte que no está en negrita) este tipo de declaraciones puede hallarse fácilmente en los medios de comunicación, en boca de personas influyentes social y políticamente; pero también podemos encontrar semejantes lindezas en boca de la madre de Juanito, de la vecina Sebastiana, de nuestra prima de Albacete e, incluso, de nuestra amiga Juliana, que afirma querernos una barbaridad y sale de marcha con nosotros a bares de ambiente todos los sábados, pero te dice a las claras que el día que ella tenga un niño no lo vas a tocar ni con un puntero láser (no vaya a ser que lo contagies). Y es que el hecho de que a pesar de tus ideas puedas rodearte de maricones (y de bolleras, pero sobre todo de maricones, que son más chulis y están más de moda) se convirtió hace mucho en un aval para dejar claro que, bueno, aunque no crees en el matrimonio homosexual, en la adopción y esas cosas, ya saben ustedes, esas minucias que constituyen en suma la equiparación de los derechos del colectivo homosexual con los heterochachis, no se te puede tachar de homófobo porque normalmente te relacionas con maricones; y, es más, estos se llevan chupi lerendi contigo y hasta te quieren mogollón. Incluso parece que te están haciendo un enorme favor y que te están defendiendo.
Pues bien, hay un libro fantástico, mu' finito, que se llama Homofobia. Pues habla de la homofobia (en serio, ¿a qué no te lo habrías imaginado?). En él, su autor, Daniel Borrillo, nos aclara un par de cosas que creo que son muy importantes. Ya, ya sé que hablar de libros crea huidas en manada y estampidas, pero en este caso anímense a quedarse, que les va a encantar. Nos dice este libro que la homofobia tiene dos dimensiones:
a. Una personal, de naturaleza afectiva, que se manifiesta en el rechazo expreso y explícito de los homosexuales. Vamos, para que nos entendamos y siguiendo el estereotipo que tenemos en mente: ese señor con pinta de cazurro rural que expresa sin tapujos que los maricones y las tortilleras estamos mal de la chota, que nos deberían encerrar, que lo nuestro es contra natura en toda regla y que en cuanto ve a un mariquita sale corriendo a por un crucifijo. Animalico.
b. Una dimensión cultural, de naturaleza cognitiva. En ella el motivo de rechazo no es el homosexual en sí, sino la homosexualidad como fenómeno psicológico y social. Es decir, que a mí el hecho de que mi compi de curro sea de la acera de enfrente me da igual, pero no me parece bien que las parejas homosexuales adopten niños, por ejemplo.
Y añade Borrillo que “esta distinción permite comprender mejor una situación bastante extendida en las sociedades modernas, que consiste en tolerar e incluso simpatizar con los miembros del grupo estigmatizado, pero considerando inaceptable cualquier política de igualdad”. Blanco y en botella... Vino blanco. Es más, en este contexto, nadie rechaza a los homosexuales (uy, qué va, eso no queda bien, no está bonito), pero nadie considera sorprendente que no gocen de los mismos derechos que los heterosexuales. Un drama.
En suma, que cuando una persona dice no tener nada en contra de los maricones y las bolleras, pero no apoya los derechos del colectivo, está siendo homófoba. Me da igual si su mejor amigo es gay: en el preciso instante en el que está en contra de la equiparación de derechos, está discriminando: está siendo homófobo. Y esto lo digo porque hay cierto sector social, político sobre todo, que se dedica a decir para lavarse la conciencia y la imagen que no tiene nada en contra de nosotros, pero que a lo nuestro no se le puede llamar matrimonio (de lo de tener niños mejor ni hablemos). Dicen, en un alarde magnífico de coherencia, que somos iguales, pero que no podemos tener los mismos derechos. Venden así un discurso bajo la idea de que ellos no están siendo homófobos, qué va, que nos apoyan una barbaridad y están con nosotros porque no aprueban que se nos pegue o se nos insulte. Pero la idea de una igualdad real no entra en absoluto en sus planes. No la aprueban. Es más, les aterra en el mejor de los casos.
Así que, niños y niñas, cuando un homófobo os diga que no tiene nada en contra de los mariquitusos y las bollichachis porque conoce a un montón de sarasas y los ama con locura, decidle que puede meterse su media tinta por el ojete. Quien no cree en tus derechos ni te trata como a un igual nunca puede estar contigo, sino contra ti. Que quede bien clarito: medio aceptar es discriminar. Desde luego que sí.
Fuente: Universo Gay










