
Liliana Nealon nació en la Argentina pero emigró a Estados Unidos a los 13 años. Allí hizo carrera en el mundo de las finanzas -tiene 35 años de experiencia en el mercado de divisas internacional- y llegó a altos puestos en varias instituciones financieras y bancarias. En una de las multinacionales de Wall Street para las que trabajó, conoció a John, un joven que se convirtió en su mano derecha. Guardó el secreto de su homosexualidad durante años. Ella, como única confidente, lo instaba a salir del clóset una y otra vez. Un día llegó el momento en que John no pudo más con su secreto, se plantó frente al directorio de ejecutivos y dijo: “Yo soy gay y hace treinta años que lo estoy escondiendo. Y hoy, frente al Presidente y al grupo ejecutivo, quiero decir que “ya no más”.
Liliana no puede olvidarse de aquellos hombres trajeados y boquiabiertos. Dice que lo recordará siempre. Hasta ahora guardó esta historia para sí, pero cuando se enteró de Boquitas pintadas por intermedio de un amigo –casi un hijo, dice- quiso compartirla con nosotros. Me cuenta, en un mail desde EE.UU: “Esta historia siempre me gustó porque habla del coraje de un hombre, un gran hombre. Y habla, también, de la discriminación que se esconde detrás de chistes e insultos que no permiten nunca conocer a las grandes personas, como John. Además, tengo gran compasión por lo que se considera ‘la minoría silenciosa’ y por lo triste que debe ser tener que esconder quién sos por temor a reprimendas”.
Esta es la historia enviada por Liliana, quien, además de dedicarse a las finanzas es licenciada en Literatura Francesa y ama escribir.
Boquitas abiertas,
Por Liliana
Se llamaba John. Lo conocí cuando era ejecutiva en una multinacional en Wall Street. Me habían pedido que tomara el mando del “Diversity Team” cargado con investigar, educar y solucionar problemas de racismo, prejuicios y mal trato de la gente. Reuní un grupo de personas que sentían pasión por este tema, y que estaban dispuestos a hacer horas de más para cambiar las cosas.
John se convirtió en mi mano derecha. Tenía unos 55 años, delgado, buen mozo, elegante. Un día durante el almuerzo, me contó lo difícil que era ser una minoría en ese ambiente. Me sorprendió con esas palabras, porque yo, aislada como todas las mujeres en Wall Street, y sufriendo de ataques machistas todos los días, no veía cómo un hombre blanco podía tener problemas.
“Hace 25 años que estoy en pareja con la misma persona. Nos amamos y hemos sido fieles por todo este tiempo, sin embargo, yo no puedo hablar de ésto con mis compañeros, mis jefes, o mis amigos. Soy gay, y a pesar de que eso es toda mi vida, no lo puedo compartir con nadie”, me dijo con ojos llenos de lágrimas.
Me quedé muda ante esta declaración tan simple y sin embargo tan llena de coraje y de melancolía. No me podía imaginar lo que sería no poder decir que soy mujer, cristiana, madre. No poder decir lo que soy. Nos hicimos amigos, disfrutando mucho de la libertad que sentíamos en nuestra amistad, yo, mujer latinoamericana, él, hombre gay en el ropero. Yo lo impulsaba a declararse, a salir del closet. Siempre me contestaba lo mismo, que eso sería un suicidio laboral, que aunque no le dijeran nada en su cara, igual lo iba a pagar caro. “Somos la minoría silenciosa”, me decía John, “y queremos, no, necesitamos permanecer así.”
Me contaba momentos en reuniones de ejecutivos, en clubes, en almuerzos o cenas con clientes, donde los otros tenían la costumbre de contar chistes de gays, de usar palabras -que no quiero repetir acá- para describirlos, y que John tenía que tragarse y ser partícipe, o dejar de ser uno de los “boys”. “Eso es una gran hipocresía, John”, le decía yo, que había ganado y perdido muchas batallas para mí y para otras minorías en Wall Street.
Un día, llegó un momento clave para el Diverisity Team: teníamos que presentar al Presidente del Banco y al resto de los Ejecutivos, todos varones, los resultados de nuestras encuestas, las conclusiones, y nuestras recomendaciones. Había dividido a mi equipo para que cada persona tuviera la chance de presentar. John sería el primero en hablar. La sala de reuniones estaba llena: ejecutivos, compañeros y todo el Diveristy Team.
John miró sus notas, sus manos temblaban. Me pareció raro que estuviera tan nervioso, habiéndose preparado tanto. Su frente se veía brillante, transpirada. No levantaba sus ojos de la mesa.
Después de un silencio que pareció eterno, John se puso de pie, y empezó la presentación con una voz alta, firme y segura, y con palabras que nunca olvidaré expresó: “Yo soy gay, y hace treinta años que lo estoy escondiendo. Y hoy, frente al Presidente y al grupo ejecutivo, quiero decir que “ya no más”. Tampoco olvidaré las bocas abiertas de los otros hombres, que nunca habían sospechado esto.
No sé si ese momento fue un triunfo para John o para el Diversity Team. No sé si cambió algo en su trato con los otros.
Sólo sé que en ese momento tuve el honor de conocer a un gran hombre.
Lili
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Fuente: Boquitas Pintadas










