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17 de marzo de 2012

Batallas campales

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Esas parejas cuyas relaciones son una especie de ring de boxeo en el cual no sólo se permite discrepar y discutir amigablemente, sino todo tipo de faltas de respeto, ofensas y putadas con tal de ser más que el otro. ¿Pero la pareja no eran dos personas que se querían? La gente tiene aficiones rarísimas...

En estos días de comidas rápida, individualismo, políticos que mienten mucho y roban más y gente mirándose el ombligo unas tres cuartas partes de su tiempo, es casi una obviedad expresar que discrepar se ha convertido en algo normal. Las personas, así en general, somos cada una de nuestro padre y de nuestra madre y cada cual tiene el ladrillazo dado a su manera. Es decir, que todos nosotros tenemos una opinión, una idea sobre las cosas y una formasuperchuli de ver el mundo que nos rodea.

En principio, esto no es malo. Es decir, de la variedad de puntos de vista surge la diversidad. La diversidad es un principio megaguay que, aunque ciertas personas no lo crean y aboguen porque todos seamos igualitos y por no aceptar a nadie que se salga mínimamente de la norma, enriquece. Así es. Es gracias a que discrepamos la razón por la que este mundo es un lugar interesante. Ahora bien, hay muchas maneras de expresar la discrepancia. Una cosa es discutir tranquilamente sobre quien debería fregar los platos de la cena o sobre el futuro del chorizo pamplonica y otra es montar un cirio de tres pares de cojones, con los ojos inyectados en sangre y voz de monstruo de las cavernas y en el que hasta los vecinos llamen a los geos. No hay que sobreactuar: no siempre lo que se está hablando es tan sumamente relevante como para montar la de Dios es Cristo.

Y es que, seamos sinceros: hay una delgada línea entre la discusión inofensiva, esa conversación de dos adultos en los que se habla relajadamente, sin problemas, y lo que se conoce popularmente como faltar al respeto. Esta tendencia suele darse, sobre todo, en las relaciones de pareja. Parece que la confianza da asco y que cuando uno se echa un novio y pasa con él un tiempo, llega a un punto en el que no sé si será cosa del hastío o de que se le encona un pelo del escroto, en el que las discusiones pueden pasar a convertirse en verdaderas batallas campales por simple deporte. Esto es: me aburro, así que me peleo contigo. Sí, sí, así de duro: te pongo a parir y me quedo tan tranquilo. 

Para aquellos que no sepan de lo que hablo, una cosa es decirle a tu novio: Pues yo creo que este año, el festival de Eurovisión lo debería ganar Ucrania, porque su puesta en escena ha sido muy original y creativa y la muchacha que canta (porque siempre es una muchacha con pinta de diva gay que pretende ser algo así como la Mónica Naranjo en versión internacional) es muy mona y su voz es aterciopelada. Esto, aparte de ser una opinión fundamentada que evidentemente no diríamos ni hartos de vino porque todo el mundo sabe que lo guay de ver Eurovisión es criticar, es un punto de vista respetuoso. 
Otra cosa muy distinta es que, por ejemplo, el otro mariquituso de la relación le responda: Pero qué dices, gilipollas, que tienes el gusto en el culo. Si es que eres imbécil, no sé cómo puedo llevar tanto tiempo contigo. Maldito desgraciado, fracasado, memo, infeliz, cabrón, que das asco. Ah, y sí, Ucrania podría ganar este año y tú te podrías ir a la mierda de paso. Y que sepas que el tamaño sí importa. Y ahora me voy, ¡pum! (portazo).

A mí no me gusta meterme donde no me llaman (no me gusta nada, qué va, más bien me encanta), pero nunca he entendido a esas parejas que se muestran un odio desaforado y que parece que se encuentran en un ring de boxeo cada veinte minutos por cualquier chorrada, y que luego, sin embargo, dicen amarse con locura. Es que me da la impresión de que se lo pasan pipa insultándose y gritándose el uno al otro. Que digo yo, que con lo chunga que está la cosa ya de por sí, que es salir a la calle y encontrarte con treinta ineptos y diecisiete bordes en cada esquina que te inspiran una actitud sanguinaria cada cuatro segundos, sólo falta que uno llegue a casa y que siga alimentando su mala leche con su pareja, la persona con la que en teoría debería relajarse, sentirse feliz y ver osos amorosos. Yo que sé, yo para ponerme de mala hostia prefiero ponerme un disco de Melendi o ver Intereconomía, pero no pelearme con mi pareja, qué quieren que les diga. Los hay que hasta se dan caña, se insultan y se hacen putadas enfermizas. Y no, no estoy hablando de la cama, terreno en el que cada uno puede hacer lo que le dé la gana. Aunque yo nunca olvidaré lo que me dijo cierta amiga una noche en la que nos estábamos poniendo finos a base de chupitos de agua: “a mí que me peguen un tortazo en el culo y que me llamen guarra no me parece mal, pero que me tiren del pelo eso sí que no: ¡con lo que me cuesta hacerme las planchas!”. Estoy completamente de acuerdo con ella: hay que poner límites, no va a ser esto Sodoma y Gomera. 


Luego están los que se pelean pero para exhibirse. Oye, que parece que les gusta tener público, rollo luchadoras de barro o algo. Yo una vez conocí a unos que sistemáticamente, cada vez que quedaban con gente, la liaban parda. Tú quedabas con ellos para tomar café y era un suplicio, vamos, que hasta casi te encomendabas a San Palomo Cojo para que te protegiera. Primero empezaban a lanzarse tiritos y golpes bajos para dejarse en ridículo y tras un rato en el que la tensión podía cortarse con un cortacésped se decían de todo mientras los presentes nos quedábamos con la boca abierta y sin saber muy bien dónde meternos, con una gota de sudor de litro y medio colgando de la sien, como los dibujos mangas. Pero luego, a los diez minutos, se reconciliaban, decían no poder vivir el uno sin el otro y se comían los hocicos como si no hubiera mañana y como si de repente la vida se hubiera convertido en una novela de Daniel Steel ante nuestra estupefacción más absoluta. Que digo yo que las peleas deberían ser privadas, en la intimidad. Y si quieren discutir en público que vayan a 60 segundos, Sálvame o al Congreso de los Diputados.

Una vez tuve una relación con un tipo cuya máxima afición era gritar. Imagínense, me quedaba a cuadros cada vez que, por ejemplo, le pedía la sal y me gritaba. O le decía “cariño, ¿vemos Titanic?” y me contestaba gritando. O le preguntaba “amor, ¿nos vamos a dormir?” y me respondía a voces. Yo no sé si es que estaba sordo o si es que estaba hueco por dentro y su voz reverberaba, pero me ponía nerviosísimo. Nunca he comprendido a la gente que habla a grito pelao y, mucho menos, a aquellos que discuten por todo y que encuentran una morbosa satisfacción en convertir las relaciones en batallas sin ton ni son en las que, por descontado, ellos tienen que erigirse como los supremos vencedores. No sé, chica, qué quieres que te diga, pero yo cuando estoy con alguien y le digo que le quiero y todo eso, procuro hablar con esa persona con respeto y como adultos y no intentando hacer que se sienta como una mierda cada dos por tres. La gente tiene unos gustos más raros... Con lo apasionante que es la lectura, por ejemplo. Sobre todo de mis libros. Ejem.

Total, que si bien es cierto que cada uno puede hacer con sus relaciones de pareja lo que más le plazca, yo no aconsejo lo de estar todo el día de pelea por aquello de la salud mental. Porque a pesar de lo que diga mucha gente, entre otros aquel ex mío que decía que si yo me ponía nervioso porque me gritaba era porque soy demasiado sensible, no porque gritar estuviera mal (claro, maricón, pero si la Organización Mundial de la Salud lo recomienda todos los días), pelearse, faltarse al respeto y ofenderse no es lo lógico, ni lo sano, ni lo normal. Lo lógico, lo sano y lo normal en una pareja es quererse y sentirse bien. Y lo demás son tonterías. 






Fuente: Universo Gay

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