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27 de marzo de 2012

Contraindicaciones

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El mundo está lleno de gente desequilibrada cuyo único afán es hacer la vida imposible a otras personas. Esos individuos deberían llevar un manual de instrucciones. O, mejor, un cartel de neón en el que se advirtiera que son nocivos para la salud y que están altamente contraindicados.

A estas alturas de la vida, cuando todos sabemos que en el futuro cercano y gracias a la crisis vamos a ser más pobres que los vasallos de la época feudal, cuando ya tenemos tanto camino corrido, el que más y el que menos habrá escuchado alguna vez eso de:¡Pero qué complicados son los niños/las mujeres/ los animales/ los muñecos hinchables/ los gatos de escayola del todo a cien/ los botes de nata montada, etcétera! ¡Deberían venir con un libro de instrucciones!. Y es verdad: la gente está tarada, como una cabra, tía. Y lo peor no son aquellos con pinta de zumbados, sino esos otros a los que no se les ve venir. Ya lo dijo alguna espabilá de la Mancha cuyo nombre no recuerdo: “líbrame de toro manso, que de toro bravo ya me libro yo”. Y es que no hay nada como los lobos con piel de cordero, esa gente que parece normal pero que en realidad duerme abrazada a un póster de Paulina Rubio cuando nadie puede verlos y que cuando despierta urde planes siniestros para, básicamente, tocarte las pelotas.

Y, ojo, que a mí a tarado no me gana nadie. Pero al menos yo no voy jodiéndole la vida al personal. Así que mientras a algunos nos basta con llevar un manual de instrucciones, otros tendrían que tener un prospecto, como los medicamentos, en el que rezaran los efectos secundarios y si hay peligro a la hora de manejar maquinaria pesada. Todos sabemos que hay algunos tipos que deberían estar altamente contraindicados y deberían haber sido sometidos a pruebas de laboratorio y testados en ratas (pobres ratas) antes de llegar a tener contacto con personas de pro, de las que tienen empatía y cerebro y todo eso. No hace falta más que salir a la calle y comprender que el que más y el que menos tiene un sartenazo en la cabeza bien dado. Por ejemplo, tú te vas a un bar y seguro, segurísimo, te encuentras a...

-Los del complejo de inferioridad. Estos hacen lo posible y lo imposible por destacar. Si para eso hace falta subirse a una tarima vestido con un tanga de lentejuelas rosa y contonearse estridentemente en un amago que, creen ellos ingenuamente, resulta atractivo a los espectadores a medio camino entre el descojone, la estupefacción y el vómito, pues se hace. Y si para subirse el ego tienen que pisotear el tuyo, pues oye, también. No me seas ingenuo: si es capaz de subirse a una tarima con un tanga de lentejuelas a exhibir lo que se conoce como el típico complejo de Beyoncé, ¿cómo se lo va a pensar dos veces a la hora de atacar tu autoestima? Él siempre tendrá que quedar por encima de ti, cueste lo que cueste.

-Los eternamente enamorados de sus exs. De estos das una patada y salen veinticinco en un momento (verídico). Tienen una o varias historias del pasado no cerradas y tú no serás más que un mero trámite hasta que se den cuenta de que todavía los aman. Se sentirán arropados por ti en un primer momento, pero luego pasarán a la fase de la continua comparativa (incluyendo rasgos situados a la altura de la entrepierna). Entre frase y frase intercalarán su nombre o un comentario, hazaña o anécdota relacionada directamente con el exnovio de marras y a continuación añadirán algo así como: Pero yo lo he superado ¿eh?. Lo tiene tan superadísimo que si miras en la cartera, fijo que todavía guarda una foto de él. En cualquier caso afirmará no querer tener relación con ese sujeto de su pasado ni de lejos, pero se le bajarán los calzoncillos hasta los tobillos en cuanto el ex de marras aparezca. Porque SIEMPRE aparece. Como el buen Rexona, no abandona. Altamente contraindicados en seres de poca experiencia que todavía creen que el pasado es pasado y nunca vuelve. Ja, ja, ja (descojone demencial e hilarante).

-Los que van de guays, de vivir la vida al día y se quedan con tu dinero. Tienen la clara intención de ser lo más de lo más todo el tiempo. Van de reguapos y de estupendos por la vida y tratarán por todos los medios que te integres con su grupo de amigos, igualmente guays y cuyo concepto de una noche divertida dista mucho del tuyo. Si accedes a integrarte y dejarte llevar siguiendo aquello del carpe diem (que siempre sirve de excusa para hacer cosas que no harías ni harto de vino) te verás atrapado en una megadiscoteca (porque las megadiscotecas son guays), hetero (porque tener amigos heteros es guay), habiendo pagado veinticinco euros en la entrada y otros veinticinco por el caradura de tu ligue (el portero te ha mirado susurrando “este no aguanta aquí ni dos minutos”, pero pagar por pasarlo mal es guay), rodeado de musculitos metrosexuales (porque ir de mariquita encubierta está de moda y es guay) y tetonas con escotes hasta el ombligo que bailan violentamente el Pa mi mulata, pa mi morena (porque bailar el reguetón en plan zorrón es guay) mientras intentan meterte las tetas en la cara. Habrá un momento en que los mires y te parezca que has vuelto al instituto y que se parecen asombrosamente al equipo de rubgy con sus correspondientes animadoras, pero con diez años y veintiocho rayas de farlopa más (que habrás costeado tú bajo la excusa de que el cajero estaba roto) en el cuerpo.

-Los que van de cultos, y por tener dos libros en casa y tres deuvedés se creen la panacea de las artes. Tendrás que aguantar toda una parafernalia sobre pintores, músicos y literatura existencial (aunque no sepan ni quien es Sartre) para que, cuando te permitan abrir la boca (esto es, a los tres cuartos de hora de conversación, cuando se les agote la saliva y tengan que beber agua Vichy) se queden de una pieza al descubrir que no sólo sabes hablar, sino que además conoces más autores y expresiones culturales de las que él ha nombrado. ¡Y, además, a pesar de tus conocimientos sobre jazz y soul no te avergüenzas de decir que en tus ratos libres escuchas a Amaral y que “me comes el coño en dos tiempos” es una de tus expresiones favoritas! Jo, tía. Ahora estámpale una novela rusa de dos mil páginas a ese sujeto en la frente y lárgate con cualquier excusa

-Los que no saben lo que quieren. Conocidos por ser más ambiguos que Miguel Bosé y seguir claramente la estratagema de dar una de cal y una de arena, un segundo parecerá que están coladitos por ti y al siguiente te mirarán con cara de asco, aplicando poderosas técnicas de confusión mental. Tratarán de mantener tu interés por todos los medios, pero sin pillarse los dedos, para que no puedas echarles nada en cara en el momento en el que te hartes y decidas estrellar una silla contra la vidriera del bar implorando ayuda al cielo (lo que se conoce como la cúspide del desquiciamiento mental). Por salud mental, pídete otro gintonic e ignóralo.

-Los que van de románticos y sentimentales. Sí, hombre, esos que dicen ser la mar de sensibles, que te sueltan perlas como “somos alma gemelas”, “me gusta cómo la luz de la mañana acaricia tu rostro” (¿Ein? Pero si yo lo único que veo es la luz violácea que despide el foco del bar y que me deja más mala cara que los pollos del Carreofú) y otros poemas sacados de Neruda y tal. Son los mismos que en cuanto les vas a contar algo mínimamente profundo te dicen, con toda la sensibilidad del mundo, que no les ralles con tus putas pajas mentales y los mismos que no tienen ningún inconveniente en buscar a su nueva alma gemela en el cuerpo más guapo y musculado, situado a dos baldosas del tuyo, para dejarte una gota de sudor de medio litro colgando de la sien y una cara muy similar a la de Pocholo (a tope sin drogas, di que sí, te basta con tu surrealista vida). 

-Los que van de sinceros. Esos que te cuentan que te han puesto los cuernos o que, en realidad, lo del polvo de la otra noche, sí, sí, cuando te dijeron al oído eso de que querían seguir conociéndote con voz tierna, fue un mero pasatiempo y que no les interesas porque piensan que estar contigo es conformarse. Tras la confesión te sueltan que, al menos, te están contando la verdad y están haciendo el esfuerzo de ser sinceros, esperando de ti que alargues la mano y les propines un par de palmaditas en la espalda, mientras les dices: Gracias, campeón. Oye, pues tienen razón, también podrían no habértelo contado. Más majos...

Total, que la gente está fatal; y que hay personas que deberían llevar un cartel de neón, con flecha parpadeante apuntando a la cabeza incluida para los más retardados o crédulos, que rezara peligro: no me toques ni con un puntero láser. Desde luego, con semejante advertencia algunos nos ahorraríamos más de un disgusto.



Fuente: Universo Gay

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