
Esta semana vengo consternadísimo. Lo estoy pasando supermal. No se vayan a pensar que es por las guerras, por las enfermedades o por el hambre. Qué va. Tampoco por lo de la crisis (¿no se han enterado de lo de la crisis?). Ni siquiera es porque haya visto una impresionante foto de Mariagh Carey vestida de la mujer de Los Increíbles (qué horror, creo que ha sido lo más espeluznante que se ha visto nunca un Halloween. Me han contado que hasta Freddy Krueger tuvo pesadillas). No, no es por nada de eso. La razón por la que me encuentro fatal y tengo miedo y creo que el mundo civilizado tal y como lo conocemos está llegando a su fin es porque las palabras que hemos aprendido hasta ahora no van a servir de nada en el futuro. ¡De nada!
Y menudo drama, con el trabajo que nos ha costado aprender el castellano. ¡Tantos y tantos análisis sintácticos y morfológicos de oraciones en exámenes de Lengua! ¡Tantas lágrimas derramadas por no saber en qué cajita poner la S de sujeto y la Pde predicado! ¡Tantos aprobados conseguidos con el sudor de nuestra frente! (Y total, pa' ná, porque ahora mismo te sirven para lo mismo que chuparte el pie: para cualquier cosa menos para encontrar trabajo). Resulta que se dice, se comenta, que vamos a tener que redefinir la lengua española. ¿Que por qué? A mí no me miren, yo no tengo ni pajolera idea. La cosa es que el otro día estaba yo leyendo las noticias mientras me tomaba un gintonic... Esto... un sabroso vaso de agua, cuando vi que un señor con barba que lleva muchos años en los medios de comunicación (y que dicen que es político, aunque yo siempre he pensado que es humorista) estaba poniendo en duda el uso de la lengua española. Y es que, verán, por lo visto, él defiende quecuando un hombre y una mujer se casan, a eso se le llama matrimonio, pero que cuando lo hacen un hombre y otro hombre o una mujer y otra mujer se tiene que llamar de otra forma. Chica, yo que sé, me quedé de piedra, igualito que tú. Luego, al día siguiente, lo estuve mirando unos cuantos centenares de veces más por si era cosa mía, por si se me había subido demasiado el vaso de agua a la cabeza y me había nublado la capacidad memotécnica esa.
Pero resulta que no, que lo había leído bien, que dicen que las uniones entre personas del mismo sexo se tienen que llamar de otra manera, “para que nos entendamos, sabe usté, y no crear divisiones sociales”. ¿Pero de qué divisiones sociales habla este señor? Pero si está muy clarito: tú te casas y formas un matrimonio; coño, como todas las vecinas del bloque. Aunque, mira, yo si te digo la verdad, no voy a convencer a estos cabezones: por mí que se maten vivos entre los que se dividen, que hay superpoblación y los recursos son escasos. Que mi banco lo está pasando fatal con esto de la crisis... (si es que no miramos por los demás).
Fíjate, qué lerdo yo, que yo tenía entendido que el matrimonio se trataba de llevar a la legalidad una relación de pareja, o sea, entre dos personas. No sé, me pensaba yo que lo de crear un matrimonio era algo que venía después de echarte novio, de zumbártelo un montón de veces y de vivir juntos una temporadita (para ensayar y eso). Que hay gente que dice que eso del “matrimonio” es un concepto católico, judeocristiano o yo que sé, pero yo creo que se olvidan de que también hay matrimonios civiles y de que, al margen de todas estas zarandajas que no son más que tretas y excusas para distraernos del debate principal, el matrimonio ha sido ensalzado en nuestra sociedad actual como la máxima expresión del amor. Sí, ya lo sé, sonará muy ingenuo, porque también se comenta que la mitad de la gente no se casa por amor, sino que se dicen a sí mismos lo de por el interés te quiero Andrés(pobres Andreses, lo mal que lo deben estar pasando sin que nadie les quiera de verdad); pero la realidad es que lo que se nos ha inculcado culturalmente desdeforever enever es que cuando la gente se quiere mucho se casa. O sea, que forma un matrimonio, una unión, un nexo que después puede dar lugar a una familia. En definitiva, que se pongan como se pongan, me digan lo que me digan, me salten con lo que me salten, el matrimonio es considerado la máxima legitimización social, cultural y legal de la unión amorosa o afectiva entre dos personas que mantienen una relación de pareja. Y si hablamos de igualdad, cualquier relación de pareja en circunstancias normales debería tener acceso a el matrimonio, entendido como concepto sociocultural (no religioso) que rige nuestras vidas.
Pues ahora me vienen con que no, con que eso se va a llamar de otra manera. Y digo yo, ¿qué nombre le van a poner? Porque si por ejemplo le ponen de nombre“bocata de chorizo”, ya te digo yo que no me caso. Ponte tú que estás hablando con alguien por la mañana en el mercado (comprando plátanos, que es lo que hacemos los maricones; nosotros nunca compramos fruta ovalada, no nos viene bien para el colesterol) y le dices: “Mi marido, desde que estamos unidos en sagrado bocata de chorizo ha cogido unos kilitos”. Es que no pega para nada. ¿Y si le ponen“dildo a pilas”? ¿Qué clase de credibilidad tiene uno cuando va a hablar con su marido y le dice “cariño, nuestro dildo a pilas va fatal. Tenemos que hacer algo para solucionarlo o vamos a terminar separándonos”. Es que no hay color, vamos.
¿Y la cama? Porque entonces, la cama en la que vas a echar un casquete con tu esposo tampoco podrá llamarse “cama de matrimonio”, eso sería un contrasentido. Se tendría que denominar “cama contranatura” o “cama de invertidos que se dan por culo/hacen la tijera”. Claro. No seais susceptibles, son meras cuestiones idiomáticas. Entonces los centros comerciales tendrían que poner secciones de camas especiales para mariquitas y bolleras, a ver si nos vamos a confundir y nos vamos a comprar el somier para hacer la tijera y el colchón para dar por culo, que me veo que la primera noche van a tener que venir los geos a deshacer el entuerto que vamos a liar mi marido y yo.
Y ya que estamos, los esposos que no se llamen esposos; mejor, para no crear divisiones, que el marido se llame “compañero sentimental que me ayuda a ponerme lubricante”. Con lo cual, tú le podrías comentar a tu madre por teléfono una noche cualquiera: “Mamá, mi compañero sentimental que me ayuda a ponerme lubricante y yo vamos a ir a la boda de la prima Loli” (que se casa con un hombre, claro, eso sí es matrimonio). “Sí, que nos siente en mesas separadas, no vaya a ser que el resto de los invitados nos vean juntos y se creen divisiones”. Las invitaciones de boda pueden ser, por ejemplo, entradas para el circo. Y ya que estamos, las listas de boda que se llamen “posibles regalos para celebrar la aberración”. Total, ya de perdidos al río.
Lo más gracioso de todo esto es que dicen que sólo le van a cambiar el nombre, como si fuéramos lo suficientemente idiotas como para no adivinar que tras esas cuestiones de denominación se esconde una diferencia de derechos. Mira, de verdad, no sé, a lo mejor es que el aceite que pierdo se me ha subido a la cabeza, pero es que yo no veo la necesidad de crear denominaciones nuevas y artificiales para conceptos que ya existen y que, es más, están sumamente arraigados. A ver, que no es tan difícil: la eme con la a, ma. Si lo tuyo se llama boda, lo mío también. Si lo tuyo es una relación de pareja, lo mío también. Si intentas crear una familia, yo también. Si lo tuyo es por amor, lo mío también. Si quieres tener derechos como pareja, yo también. Si lo tuyo se llama matrimonio, lo mío también. No fastidien: no vamos a venir ahora a contravenir las leyes de la lógica social y cultural sólo porque a algunos les sale de los santos cojones.
Sólo tiene un nombre. Se llama matrimonio. Y tratar convencernos de lo contrario se llama homofobia.
Fuente: Universo Gay















